miércoles, 24 de noviembre de 2010

Un nuevo golpe


Mario Vargas Llosa, de lo más furioso, camina por su casa de París golpeando las paredes. Tenía ganas de desfogarse por las últimas semanas difíciles. Sin embargo, pensó que quizá en lugar de desquitarse era mejor desestresarse. No vaciló y llevó a su señora al cine. A la entrada, mientras caminaban a sus asientos, ambos conversaban sobre la película escogida. Cuando Mario se preparaba para sentarse escucha un caluroso saludo que lleva su nombre. ¡Mario!. Él levanta la mirada, la fija y olvida que está en el cine para ubicarse en un ring de box. García Marquez quien había pronunciado ese saludo espera a su amigo con los abrazos abiertos esperando un fuerte apretón de cuerpos. Sin embargo, lo primero que sintió fue un duro puñetazo en el ojo izquierdo y el calor de su sangre fluyendo por su cara.

García, a los dos días, va en busca de un retratista para dejar en claro lo salvaje e intratable que es Mario Vargas Llosa. Dio permiso para que se publicasen.

La instantánea fue tomada el 14 de febrero de 1976 en la casa del fotógrafo en la colonia Nápoles de México, dos días después de que García Márquez recibiera un puñetazo del escritor peruano, según el relato de Moya.
El fotógrafo recuerda que al verle preguntó a García Márquez qué había pasado y que este se mostró "evasivo" y "atribuyó la agresión a las diferencias (con Vargas Llosa), que ya eran insalvables en la medida que el autor peruano se sumaba a ritmo acelerado al pensamiento de derecha".

García Márquez le pidió que se quedase con las fotos y le enviara copias. "Las guardé 30 años, y ahora que él cumple 80, y son ya 40 de la primera edición de Cien años de soledad, considero correcta la publicación de este comentario sobre el terrorífico encuentro entre dos grandes escritores, uno de izquierda, y otro de contundentes derechazos", concluye Rodrigo Moya.

El diario mexicano La Jornada publicó el día del 80 cumpleaños de Gabo, dos fotografías del premio Nobel de Literatura con el ojo izquierdo amoratado. El fotógrafo, además, relata las circunstancias de la instantánea en un artículo titulado La terrífica historia de un ojo morado.

Treinta años después de ese episodio, la edición especial de Cien años de soledad, editada por Alfaguara y la RAE, verá la luz con un prólogo que escribió Vargas Llosa en 1971. Algunos interpretan que dicho prefacio supone una reconciliación entre ambos literatos.

Líos conyugales en el origen de la pelea

Las desavenencias entre Mario Vargas Llosa y su segunda esposa, su prima, Patricia Llosa, tuvieron la culpa del enfrentamiento. Según Rodrigo Moya, "mientras ambas parejas vivían en París, los García Márquez habían tratado de mediar en los disturbios conyugales" del autor peruano y su mujer "acogiendo" las confidencias de aquél. Cuando los Vargas Llosa se reconciliaron él supo que sus secretos se habían revelado y se sintió "gravemente ofendido".

Han pasado 34 años del incidente. Ninguno de los dos se dirige la palabra. Quizá Mario Vargas Llosa durante todo ese tiempo fue visto como un salvaje, envidioso y simplón. Sin embargo, ahora que ha obtenido el Nobel, García Márquez tendrá que cambiar su manera de pensar y superar este otro duro golpe recibido, indirectamente, por él .

'La escritura es una venganza...un desquite de la vida'




Esta es la historia de dos décadas, las que van desde el fracaso de su carrera política en Perú al éxito del Premio Nobel. Es la historia de un hombre que se sintió 'abandonado' por su pueblo, al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura. Es la historia de cómo un fracaso lo convirtió en otro hombre. La escritura fue su desquite de la vida. Su venganza. Y es la historia de cómo Mario Vargas Llosa y sus hijos desnudan desde su residencia en Nueva York sus sentimientos durante las 48 horas que siguieron a la conquista del máximo galardón de las letras mundiales.

Los suecos de la Academia, que parecía que nunca iban a aceptar que Vargas Llosa es uno de los grandes escritores del mundo, finalmente le concedieron el Nobel y además fueron muy explícitos sobre las razones del merecimiento: porque ha sido capaz de contar la cartografía (eso dijeron, cartografía) del poder para mostrar sus miserias y también para expresar la lucha, la revuelta, del hombre por la libertad.
A Vargas Llosa le divirtió mucho la palabra cartografía, pero le emocionó verdaderamente el resto de los argumentos. Comentó, ante un grupo de amigos a los que reunió en un bullicioso restaurante italiano de Nueva York: "¡Qué dirán mis críticos!". Enmudecerán. "¡Qué va! Quien está mudo soy yo".
No está mudo, claro que no; se despertó de aquellos catorce minutos de incertidumbre. Creyó que era una broma, como la que le gastaron hace años a Alberto Moravia, pero catorce minutos después le llegó la confirmación: era Premio Nobel de Literatura de 2010. Su hija Morgana, de 36 años, fotógrafa, lo vivió llorando en Lima, con sus dos hijas y con su esposo, Stefan; su hijo Gonzalo, de 43 años, diplomático, funcionario internacional destinado ahora por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Santo Domingo, lo vivió viajando a Haití, y Álvaro, el periodista, de 44 años, escuchó la noticia "estupefacto, paralizado, y luego feliz" en la casa de Washington donde vive con su mujer, Susana, y sus tres hijos.
El día en que ganó el Nobel de Literatura alguien le llevó a Mario Vargas Llosa a Nueva York unos dulces de Arequipa (Perú), guargüeros. Estaba feliz, era un premio para el Nobel. Los guargüeros son como unos pestiños rellenos; tienen la apariencia de algunas pastas italianas, y saben a dulce de leche. En ese sabor está su infancia, Arequipa entera.
En ese ambiente blanquecino del apartamento alquilado en uno de los edificios más altos de Columbus Circus (Nueva York), el autor de El pez en el agua parecía, en efecto, un pez en el agua. En el paraíso. Como en la infancia, mimado, agasajado. La infancia acabó cuando tenía 11 años y el padre (al que creía muerto) regresó a su vida. Muchos años después, esos dulces y el Nobel le llevan al paraíso que perdió cuando iba a atravesar la raya de la adolescencia. Ahora esos dulcecitos, que son como los que su abuela le hacía, le llevan a la ya tan lejana infancia.
O no tan lejana. El Nobel, de 74 años, tiene aquellos años incrustados en la memoria como el tiempo en que se hizo a casi todo. Ahí descubrió el amor absorbente por la madre, asimiló que no tenía padre, que este estaba en el cielo o que nunca existió, y descubrió la literatura en los libros que circulaban por la casa grande de la familia enorme con la que se crió.
Así que aquí, en esta familia, todo se vive como un espectáculo tranquilo, pero bullicioso y coral. Y el Nobel iba a ser un terremoto que a todos les afectó de un modo distinto, pero que conmovió por igual a todos. Hablábamos de los nietos. Gonzalo cuenta que, cuando se supo que el abuelo había ganado el principal premio de las letras mundiales, su hija Ariadna, que tiene diez años, le expresó por teléfono su preocupación infantil. Como él, que tenía peores notas que Álvaro en la escuela, Ariadna no obtiene los mejores resultados, y el premio del abuelo la tenía inquieta. Le dijo al padre: "O sea que, como al abuelo le han dado ese premio, a lo mejor ahora los maestros me piden que saque mejores notas".
A Leandro, el hijo mayor de Álvaro, que tiene ahora 14 años, le preguntaron en la escuela si su abuelo era alguien especial. Y se escondió detrás del flequillo como quien quiere huir de un alud. "No, no es nadie especial", farfulló. Tímida como ese sobrino suyo, Morgana, que ha sido compañera nuestra en EL PAÍS, y que ha acompañado a su padre en algunas de las aventuras más arriesgadas (Irak, Israel, Palestina) o placenteras (los escenarios de El paraíso en la otra esquina) tuvo que superar su retraimiento público cuando sonó la noticia y ella era la única representante familiar que podía hacer declaraciones en Lima.
Para curarse de su timidez, la hija más chica de los Vargas se tuvo que tomar tres copas de champán, y sin palabras todavía hizo que todos los periodistas que se agolpaban ante la vivienda familiar limeña pasaran a brindar y a conversar en esa casa de paredes blancas desde la que se ve el mar violento de la costa que acaricia Barranco. La fiesta adquirió tal carácter que la abuela Olga, madre de Patricia, tía de Mario, de 93 años, abandonó su postración y su desgana ante el mundo, se vistió de nuevo, se puso un pañuelo vistoso en su cuello de persona mayor y empezó a hacer declaraciones ante todas las cámaras de todos los noticiarios.
Se animó tanto con la noticia y con la aglomeración que no solo lloró cada vez que se acordaba del éxito de su yerno el Nobel sino que se atrevió a decir que sí, que ella, como Carmen Balcells (su agente literaria), como Fernando de Szyslo, el artista, quizá el más antiguo amigo de Mario, como tantos otros que han estado siempre cerca, iría también a Estocolmo. Cómo no.
Le preguntó un periodista a doña Olga, a la que también llaman Olguita:
-¿Y ya tiene usted traje?
-Tenía. Pero hemos esperado tanto tiempo que ya está apolillado y tendré que comprarme otro.
Han pasado veinte años. "Es curioso", decía Álvaro, y también lo decía el propio interesado, Mario Vargas Llosa, "mucha gente está de acuerdo en decir que han pasado veinte años desde que mi padre merecía tener el Nobel. Veinte años". Quizá, concedió el hijo mayor, fue porque entonces Mario tuvo su gran derrota política, y a partir de entonces ya fue solo un escritor. Su obra hasta entonces, sin duda, merecía ya el galardón, comentamos nosotros. "Sí, pero si hubiera salido presidente", añadió Álvaro Vargas Llosa, "mi padre jamás hubiera obtenido el Nobel".
O sea que es cierto que le vino Dios a ver cuando se produjo esa derrota. Sí, esa es la opinión de Morgana. Y es la opinión de toda la familia, que por otra parte estuvo implicadísima en esa campaña electoral que tanto placer como dolor produjo en los Vargas, e incluso en Mario, que a veces parece inmune a la naturaleza de los desastres.
Pero esa vez, cuando perdió las elecciones ante un candidato, Alberto Fujimori, que luego subvirtió el orden democrático, ensangrentó el país, robó, etcétera, Vargas Llosa cayó presa de un decaimiento del que fuimos testigos. Llegó a París, poco después del fracaso; había adelgazado cerca de veinte kilos, su delgadez era la delgadez de los derrotados. Su hijo Álvaro, que hizo la campaña muy estrechamente ligado a él, recuerda ese momento como un instante de estupor. Vargas Llosa, el ahora Nobel, podía irse a un lado o al otro de la balanza; su equilibrio, sin embargo, le ayudó a superar el primer lunar verdaderamente serio de su trayectoria. Lo del padre (que le metiera en un colegio militar, que considerara "mariconerías" su pasión por la escritura, su carácter dictatorial) ya estaba deglutido en la memoria. Pero esto era nuevo; perder así, recuerda Álvaro, fue una tragedia.
Como siempre, como ante el desdén del padre, que era un desdén del destino, a Mario Vargas Llosa, dice su hijo, "lo salvó la literatura". En campaña leía "a Quevedo y a Góngora, cada mañana", y así salía a dar mítines, "a prometer un Perú mejor para los ciudadanos". Cuando perdió, "se consideró traicionado por un pueblo al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura", y ese desengaño lo maltrató. Hasta que se levantó otra vez, dice Álvaro. "Creo que la escritura de ese libro, El pez en el agua, lo salvó. Él solía guardar sus experiencias algún tiempo, como en La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La casa verde; las deglutía, y luego están presentes ahí, muchos de los viajes y de las experiencias de sus historias son sus propios viajes o experiencias".
Pero esta vez, concede Álvaro, "mi padre decidió tirar por el camino del medio y escribir esas memorias, una parte la memoria política, otra parte la memoria de la infancia. Dos historias, dos momentos de gran felicidad y luego de gran fracaso. Se atrevió". Salió hecho "otro hombre". El padre dice lo mismo. Sentado en uno de sus restaurantes favoritos de Nueva York, donde no hay guargüeros pero hay hamburguesas, Mario Vargas Llosa recuerda esa frustración que, veinte años después, ya no ensombrece su rostro, ahora el rostro feliz de un Nobel reciente.
"Trabajé mucho", dice Mario, "por un proyecto que creía bueno. Y la derrota fue una gran decepción". Pero volvió a lo suyo, "a lo que me estimula más". Escribió El pez en el agua: "Porque quería quitarme la experiencia de encima". "Un escritor tiene la ventaja de que puede convertir un fracaso en materia literaria, y eso lo alivia. La escritura es una venganza, un desquite de la vida".
Volvió, pues, "a la rutina habitual", y ya agarró un ritmo imparable. En estos veinte años, los que van del fracaso al éxito (los dos impostores de los que hablaba Rudyard Kipling, Nobel también, en su poema If), ha escrito novelas alegres, novelas tristes, ha hecho ensayos literarios y políticos, ha hecho periodismo, viajes, ha dado conferencias, se ha metido en líos monumentales (como cuando enfadó a Octavio Paz, su amigo, llamando al México del PRI una dictadura perfecta), ha arrostrado el lugar común de su conservadurismo (que repiten sobre todo los que, como en la famosa anécdota, han hecho con sus libros lo que Sofía Mazagatos: no los leen pero los juzgan), y, en definitiva, ha vivido los altibajos de cualquier existencia "con el entusiasmo y la alegría del que sabe que la vida merece ser vivida".
Para hacer todo eso ha sido preciso "mantenerse en forma, cuidarse, viajar, a Palestina, a Irak, a Afganistán, ha sido preciso ir al Congo, al Amazonas, al Pacífico en busca de Gauguin. La verdad es que no he parado. Y no pienso parar", dice Mario Vargas Llosa, "mientras tenga ilusión y curiosidad y me funcione la cabeza, que de momento creo que me sigue funcionando. La vejez no me aterroriza mientras pueda seguir desplazándome. Me acerco a la muerte sin pensar en ella, sin temerla. Mientras trabajo me siento invulnerable".
Ha cambiado. Mucho. Morgana nunca hubiera creído que aquel obseso por el trabajo sería un día tan buen cuidador de sus nietos, con los que juega y por los que se desvive hasta el límite de las payasadas que contentan a los muchachos. Es ahora más alegre, cree Álvaro, y Gonzalo piensa que algo que siempre ha tenido en cuenta, en su relación con los hijos, y ahora con los hijos de los hijos, "es la experiencia con su padre; jamás ha querido ser el hombre autoritario que él mismo tuvo encima en su adolescencia". Esa experiencia, que el propio Mario confiesa dolorosa, "fue una influencia estimulante para que mi padre nos tratara con enorme tacto", según Álvaro.
Gonzalo recuerda algunos episodios que pueden ilustrar la evolución de esa relación paterno filial. Cuando este joven servidor de la ONU para ayudar a los refugiados era un chiquillo de 16 años resolvió hacerse rastafari; se dejó los pelos hasta los hombros, se dedicó a fumar marihuana y a escuchar reggae, y durante dos años desoyó insistentemente los avisos de su padre para que abandonara esa deriva. Gonzalo era un rebelde; ahora él recuerda que su padre tenía sobre él dos miradas: la del padre y la del escritor: "Y eso convertía su actitud hacia conmigo en una actitud algo cómplice". Hasta que escribió su célebre artículo Mi hijo el rastafari en el que aventó al mundo, con humor y con condescendencia, lo que, además de un drama familiar, dice Gonzalo: "Era también un asunto para su periodismo y para su literatura". Gonzalo ve ahora ese episodio casi como lo vio su padre: "Pero entonces yo sentía la necesidad de rebelarme, como mi padre hizo muchas veces con su propio padre, y yo creo que por eso él entonces me entendió".
Y cuenta algo más Gonzalo que revela esa relación que la vida ha endulzado hasta extremos que el propio Mario confiesa divertido: de aquel padre que los metía a leer obligatoriamente a la salida de la escuela, "cuando todos nuestros amigos jugaban al fútbol", hemos pasado a un padre y a un abuelo que se viste de Papá Noel y es capaz de cargar a los niños para que estos hagan lo que quieran con él. Pero aquella dictadura leve del padre que los hacía leer obligatoriamente "nos dejó una disciplina". "Yo mismo", dice Gonzalo, "vuelvo a esa experiencia de leer todos los días como una de las influencias más valiosas en mi relación con él".
Han cambiado los tiempos; aquel 1990 de la derrota dejó paso a este otro momento de la vida. Pero algo de rencor, algún ajuste de cuentas quedará en los resquicios, le pregunté en ese restaurante típicamente norteamericano donde se comía una hamburguesa típica, a mediodía. ¿No siente como la expresión de una venganza propia el hecho de que Fujimori esté en la cárcel?
No, qué va. "Fujimori no me derrotó, fue una mayoría de los electores peruanos. Yo nunca le ataqué mientras mantuvo la democracia, pero, obviamente, él rompió las reglas del sistema gracias al cual había llegado al poder, y por los delitos que cometió cumple ahora pena. Pero jamás tuve la tentación de desearle un final así. Ni está en mi carácter el ajuste de cuentas. Pero me alegro mucho del juicio justo".
En este tiempo, en estos veinte años que cruzan la vida desde el fracaso al triunfo, ha escrito novelas en las que el sexo se alterna con la aventura, y otras, como La fiesta del Chivo o esta última, El sueño del celta, en las que se aventura por los caminos de la maldad, y aunque él interviene ahí como el contador, el narrador que explora el camino para presentar la historia como si usara un espejo, sí es evidente que quiere trasladar el compromiso moral que hay detrás de toda su obra de esta naturaleza. "La descripción de la maldad", dice, "obliga a una toma de conciencia moral. Si no detenemos a tiempo la capacidad de destrucción del ser humano, el resultado es el horror; ha ocurrido en el pasado, y ahora la democracia frena ese horror. Es un tema obsesivo para mí en los últimos años. Y es un tema recurrente; está en Congo, en esta última novela, está en la Amazonía, en La guerra del fin del mundo, está en la locura terrorista en Lituma, y está, sin duda, en esas dos novelas que dices. Pero también está en mi periodismo; mira lo que he hecho en Irak, en Palestina, en Afganistán".
El infierno en cada esquina. ¿Y el paraíso? ¿Ha reencontrado Mario el paraíso? El autor de El paraíso en la otra esquina, la novela en la que Gauguin se revuelve como una pesadilla a veces gozosa, es consciente de que aquel paraíso en el que era mimado, querido, consentido por toda la familia, "hasta que llegó el padre", no volverá jamás. "No está ese paraíso en la vida real". Pero haberlo perdido "tampoco debió ser una tragedia". "Gracias a eso", continúa, "gracias a que mi padre me metió en un colegio militar, gracias a que me impidió a veces con saña ser un escritor, tuve una experiencia que me dio la oportunidad de escribir con un gran material literario. Si eso no hubiera ocurrido, probablemente yo no hubiera sido un escritor. Y sí, escribir es un placer, te permite salir de cualquier circunstancia terrible, te lleva a defenderte de cualquier adversidad. En ese sentido escribir es mi paraíso".

Y el paraíso es la familia. Le pregunté a Morgana Vargas Llosa qué significado tiene en el padre la figura de Patricia, la madre. "Es la compañera inseparable sin la cual mi padre no sería nada". Dice Morgana que su padre no sabe el número de teléfono de la casa, no sabe ni siquiera su dirección, es incapaz de cambiar una bombilla, desconoce por completo cómo se pone en marcha una lavadora y jamás ha frito un huevo. Pero esta mañana, le digo, su padre me ha explicado, en contra de la opinión de su madre, que el apartamento en el que viven ahora en Nueva York lo paga él y no la universidad. Un detalle de que está atento, ¿no, Morgana? "Qué va. Fíate de mi madre. En eso también ella tendrá razón".
Poco después cacé al vuelo lo que Mario le decía a unos periodistas franceses: "No me sé mi mail, jamás agarro un teléfono que esté sonando, no sé usar los teléfonos celulares. Y solo me acuerdo del primer número que tuvimos cuando nos casamos, hace 45 años. El 46 40 60".
Cómo no introducir en esta retahíla de visiones familiares del Nobel Vargas a Carmen Balcells, la mamá grande de varias generaciones de autores, y muy especialmente la mamá grande de Mario. Una vez Carmen Balcells lo levantó de la silla de sus trabajos forzados en Londres y lo puso a escribir. Lo sentó, por así decirlo, en el paraíso. Ese paraíso tuvo una interrupción que pudo haber sido eterna, cuando la política lo sedujo demasiado. De ese fracaso se levantó hecho otro hombre. Los hijos piensan que ese trozo de paraíso en el que ahora habita con el trofeo del Nobel de Literatura no hubiera sido posible si Patricia no hubiera estado ahí, haciendo que los sueños del escritor se convirtieran en la letra insistente que ahora le premian en Suecia.
El sábado posterior a la concesión del Nobel, Vargas le dijo a su agente, Carmen Balcells, en la radio peruana: "¡Cómo pudiste seducir a los veinte jurados de la Academia Sueca!". Con el mismo humor, la mamá grande de los autores del boom (García Márquez, Donoso, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar) exclamó: "¡Tengo mis recursos!".
Los dos saben que no es cierto. La llave de este paraíso la tiene el genio, que Carmen supo vislumbrar y que Patricia ha cuidado como se cuida un hijo, un nieto, un marido o un sueño. Como cuidaba la abuela la receta de los guargüeros, el inolvidable sabor del paraíso.

Con mucho cariño para Gustave Flaubert



Gustave Flaubert, es la inspiración de Vargas Llosa y el mejor ensayo escrito por él. . Le dedica una sus publicaciones enteras denominada “La orgía perpetua” Es evidente, que muchos han escrito sobre esta gran novela. Sin embargo, nadie lo ha logrado con la cadencia con la que Mario Vargas Llosa nos regala en su prosa. El libro articula una reflexión central sobre el porqué de la escritura de ficciones y el origen de la vocación literaria en las “decepciones radicales de la vida, experiencias que, al enemistarlo con la realidad, le despertaron esa vocación de crear realidades imaginarias” El aprecio a ella radica en que es la fundadora de la novela moderna.

Mario Vargas Llosa un nobel con poder


Si hay algo que es una realidad en el mundo es que muy pocos pueden jactarse de tener una carrera en la literatura que haya durado y en ningún momento se haya frustrado o cambiado por cualquier otro motivo. Hace algunos años, según confesiones de Mario Vargas Llosa, prometió dejar la literatura por la presidencia de un país en crisis. Quizá pudo haber sido el mayor error de su carrera y de su vida.

Es evidente, que el destino le jugó a favor a Mario Vargas Llosa. Deseaba más un premio Nobel que la presidencia de un país, muchos lo pueden asegurar y hasta el mismo. La literatura y ser escritor era su mayor deseo; la política y ser presidente eran parte de su hobby.

Acabo de ver a Vargas Llosa entrar al Instituto Cervantes, acabo de verlo pasar con una cara que no es la de siempre, es decir la de los medios, la del hombre rígido que parece cansado de circular tantas veces por las mismas verdades. Algo se ha alivianado en el rostro del escritor. Veo paz, cierta liberación, como si de pronto se hubiera sacado de la espalda una mochila de treinta kilos y ahora se sorprendiera de la facilidad con la que mueve los hombros.

Es que a Vargas Llosa no le pesa el Nobel, nunca le pesará. Lo que le pesaba era no tenerlo, pasar años sin conseguirlo, jugar la ruleta absurda que nunca que llega a detonar. Le pesaba, sí, aunque él no dijera que le pesaba, aunque su respuesta a las sucesivas frustraciones fue siempre un puntual recogimiento de hombros, sin palabras. Vargas Llosa no es un hombre al que le guste quejarse. Pero no hace falta. Sus resentimientos, que los ha tenido, siempre se notaron a leguas. De frente y de perfil.

Pero hoy no había lugar para nada de eso. Su gesto era una aceptación tácita que era este el juguete que necesitaba para sosegarse. Hoy tenía humor, hoy era un hombre que se permitía la ironía, la ironía de la que sus grandiosas novelas carecen. “Recibí la noticia a las cinco y de la mañana. Me habló por teléfono un señor cuya voz no entendía muy bien. Pero cuando escuché “swedish academy”, me dije: ajá, aquí hay que parar la oreja”, contó y todo el público se rió con él. El público, por supuesto, era una ensalada total. Esto es Nueva York, el Cervantes está a solo tres cuadras de las Naciones Unidas y nunca faltan los que preguntan sobre el conflicto en Palestina, sobre el futuro de América Latina, sobre la esclavitud en China. Es decir, nunca faltan los que le hacen a Vargas Llosa preguntas del tipo “premio Nobel”. Conciencia del mundo. Reserva moral del planeta. Y eso que lleva menos de un día.

—¿La literatura no les interesa, no? —se queja Patricia, la esposa, en la primera fila y en voz baja.

Lanza de preguntas.
Pero en la conferencia también hay peruanos. Esos sí son peligrosos. A esos hay que tenerlos a raya. Como mi amigo Sandro Mairata, que se inmoló haciéndole la pregunta que nadie más se iba a atrever a hacer (pero que todos hubiesen querido). “¿Qué tiene que decir sobre García Márquez?” Durante la mañana, habían circulado rumores sobre supuestas palabras de García Marquez, su eterno rival literario. “Cuentas iguales”, habría dicho el colombiano en su Twitter (ya que estamos entre escritores, sería bueno hacer aquí una nota al pie sobre la inverosimilitud de la imagen de Gabo twitteando). ¿Qué tiene que decir sobre Gabo? Hubo un silencio en la sala. “No estamos aquí para hablar de eso. Pero debo decir que me enteré de sus palabras cariñosas y las agradezco”. Punto, siguiente pregunta. Hoy día, todos los fantasmas de Vargas Llosa están bajo control. Pero eso no quiere decir que haya que invitar a Gabo a la fiesta. Tampoco tampoco.

El otro día, en la radio, una especialista en hacer identikits para el FBI contaba cómo la memoria es antojadiza es sus fijaciones. “Es muy probable —le decía al entrevistador— que tú recuerdes muy bien dónde estabas cuando murió la princesa Diana de Gales con lujo de detalles, que incluso recuerdes cómo vestías”. Pues bien, creo que por muchos años recordaremos qué hacíamos este día, cómo nos enteramos, qué bebíamos, qué oíamos en las calles. Qué escenografía nos cobijaba. A mí, me tocó la puerta un amigo colombiano que vive en el piso de arriba, en mi casa de Brooklyn. Abrí. En una mano tenía el New Yorker, que tuvo la amabilidad de recoger para mí. Con la otra mano hizo un intento de abrazo: “Felicidades”. Ambos teníamos sayonaras y pijamas. Ambos estábamos despeinados y teníamos ojeras. Ambos habíamos pasado la noche escribiendo.

Mi primera reacción fue preguntarme por qué me felicitaba. ¿Era algo de lo cual felicitarse? Luego me dije a mí mismo en voz alta. “Tenemos un Nobel de literatura. ¡Un Nobel!”. Entendí que estaba viviendo algo parecido al entusiasmo. Mi amigo colombiano me dijo que en breve el escritor iba a estar en el Cervantes. Nos cambiamos rápido y salimos corriendo. Hacía sol en Nueva York, la línea verde estaba repleta. La sala del Cevantes, también. Vargas Llosa apareció liviano, en traje gris, y dijo: “Este no es solo un triunfo mío, es un triunfo de la lengua castellana y un reconocimiento de la importancia de la literatura Latinoamericana”.

Entonces empecé a entender por qué este día era también importante para mí, para todos los que tratamos de encontrar en la escritura una forma de resistencia. Porque ver a Vargas Llosa ahí sentado es entender también que la única lucha que importa es la que empieza con la primera página en blanco y termina con miles de tachaduras. Me vi adolescente sintiendo piedad por el periodista miope, fascinación por la Barbuda, terror por el perro que mochó a Pichulita Cuéllar, compasión por Varguitas, respeto por el Jaguar. Vi una cabina de radio y un chiquillo que embellecía noticias. Vi a la brasileña. Vi todo eso y recordé un viejo chiste: el del escritor latinoamericano que se despierta a las once de la mañana y se hace una pregunta culposa: ”Qué tarde. ¿Cuántas páginas habrá escrito ya Mario Vargas Llosa?”

La conferencia siguió con su inevitable dosis de política, pero en un punto llegamos al Perú. Porque siempre hay que hablar sobre el Perú, porque ya pasaron esas feas épocas en que el escritor no contestaba a ningún periodista peruano. “¿Qué tiene que decir sobre el Perú?”. Vargas Llosa, sonriente, sacó la capucha que mejor le queda, la de Flaubert.
—El Perú soy yo.

Este premio le ha traído más felicidades. La publicación de su último libro “El sueño del Celta” ha roto ventas en España y Colombia. En su país, Perú, la situación va igual; a medida que las entrevistas, reportajes y noticias sobre Vargas Llosa aparecen en los medios sus seguidores aumentan. Ironías de la vida, Fujimori aquel que prefirieron por los años 90 vive el peor de los castigos para el hombre y Vargas Llosa disfruta de un premio merecido. Los papeles se invirtieron.

Un viejo loco



Era el verano de 1987, Jauregui trabajaba en el Comercio y no había conseguido cubrir noticia alguna con la que pueda ser recordado hasta ese momento.
Mientras Eloy Jauregui leía su periódico de todos los días a la misma hora de siempre lo interrumpió su colega. ¡Hey! Eloy. El Larco herrera no solo está en huelga, los locos se están muriendo compadre. Esta noticia hizo que aquel periodista doble rápidamente su diario y pregunte indignado por más información. “Este es mi momento” se afirmó así mismo. En cuanto salió de las oficinas del diario fue en busca del ministro de Salud para conseguir autorización.

-Don Armando Montes, quiero hacer un reportaje en el Larco Herrera.
-Jajaja, ¿estas loco acaso? Ahí solo van médicos, no periodistas.Ubicate un poquito Eloy.
-¿Sabe usted que están muriendo algunos loquitos?
-Bah! Qué interesa, un loco menos es mejor para el país. Un niño más tendrá alimento.

El periodista, con la cara más seria que de costumbre, se retiro sin agradecerle ni la atención prestada al ministro. En casa, mientras descansa, se aferra al reportaje y decide hacerlo sí o sí. Se levanta de su ruidosa cama y va donde su esposa.

-Mujer, lo he decidido, mañana me voy al Larco Herrera. Prepárame mi peor ropa: la más sucia, arrugada y rota.
-Pero… amor la llevas puesta.

A la mañana siguiente, muy temprano, Eloy, cual persona enferma, toca las puertas del Larco Herrera buscando entrar como sea. Lo increpa un oficial, ya no existían ni médicos ni enfermeros. Todos estaban en la huelga.

-¿A qué vienes aca?
-Quiero internarme.
-¿Qué es lo que tienes?
-Quiero matar a mi padre…
-¿Qué te ha hecho?
-Nada, es aprista.

Entro en el territorio anhelado, se moviliza con cuidado y va en busca el pabellón 7 el de “los malditos” ahí un señor de edad media le pregunta:

-A ver joven, ¿Dónde le duele?
-Siento dolores que van del estómago a la cabeza.
-Aya ya veo… muy bien no necesito saber más. Tu diagnóstico: te quedas de por vida
-¿Por qué?
-Porque
-Porque los únicos que salen, primero, les duele la cabeza y después, el estómago.

No pasaron ni tres días y Eloy moría por ir a su casa. Fue en busca de un enfermero para contarle la verdad.

-Quiero irme ya a mi casa.
-No vas a salir de acá, ya te lo he dicho.
-Usted no entiende esto es una acción adrede que tomé para hacer una crónica. Soy profesor de la Universidad de Lima y periodista del Comercio. Acaso ¿no me reconoce?
-En lo más mínimo y váyase a su cuarto.

Seis días más tarde, El viejo Eloy mientras fuma y bebe planea escapar por sus propios medios. Esa noche no durmió más sobre esa cama de fierros torcidos. Eran las 5 am, todos dormidos menos los pocos amigos que Eloy pudo hacer. Lo ayudan a trepar una de las paredes del Manicomio. Da un brinco y de pronto ya estaba en la vereda. Corre por toda la avenida hasta ver que el micro que lo deja más próximo a su casa pasa por ahí. Sin embargo, mientras corría escuchaba a viva voz.

- Sálvanos, sálvanos Eloy, que Eloy es hoy.
- Sálvanos, sálvanos Eloy, que Eloy es hoy.

Testimonial de puro sentimiento



Las maneras de cómo aprendí a dominar un balón de fútbol se remonta a los 90’s. Los juguetes de niño no me parecía lo más divertido, pues resaltaba un brillo sobre mi primera pelota que difuminaba la existencia de los otros objetos plásticos infantiles, casi insignificantes para mí. Con mi camiseta, qué importa de qué equipo lo que prevalece es la pasión, salía por las tardes de verano del 94 a dar los primeros pasos en el fútbol; el arco mi portón y ¿el arquero? dependía de mi imaginación. Con los días conocí a los amigos peloteros que hasta el día de hoy conservo.
Pero, más que solo tener amigos fueron el complemento ideal para formar mi primer equipo de fútbol. Los primeros chimpunes, canilleras y camisetas. Todos los veranos, durante nueve años, era un campeonato nuevo. Recuerdo aquella invasión en el paseo del bosque en San Borja, siempre íbamos para allá a retarlos y jugábamos entre árboles y serenazgos que como todo mal árbitro terminaba el juego expulsándonos. Hasta el día de hoy tengo a los mismos amigos, muchos de ellos ya retirados del fútbol, pero yo sigo constante y la familia me apoya.
Si no fuera por mi familia ¿Qué sería de mí? No estudiaría en la universidad, ni siquiera hubiera ido al colegio, en fin hubiera dejado de hacer tantas cosas que hasta hoy he hecho. En fin, somos la llamada familia nuclear. Así es, mi padre nunca nos abandonó, ni se fue con otra mujer y ambos aún siguen vivos, a pesar de ser treintañieros mis hermanos, viven conmigo y mis padres. Creo que seré el primero en partir de casa y hacer mi propia vida.
“Navidad sin Jesús” es el recuerdo de la primera obra en la que actué, pues también es otra de mis habilidades el teatro. Nunca lo supe hasta que me lo dijeron. Quizá fue muy apresurado ser el papel principal, tuve vara tengo que admitirlo, pero tener que aprenderme textos enormes, prácticamente monólogos era un reto. No, ya no era un niño tenía 17 años y había nacido un nuevo gusto. Lamentablemente no pude perfeccionar esa habilidad, así que seguiré siendo actor de quinta.
Cachimbos el musical ha sido la última muestra de arte que he expresado en la Universidad de Lima. Satisfecho por lo logrado, más satisfecho me siento con esta alma mater. Me quita tiempo, me estresa muchos días y odio venir en las mañanas; sin embargo es justo y necesario, pues comunicación es lo que escogí y comunicador es como me graduaré. La especialidad lo tuve claro desde el primer día que pise la universidad: periodista quiero ser; sin embargo complementaré ese deseo con otra especialidad que aún no he decidido.
Hasta hoy no he trabajado de manera profesional, sin embargo, eso no me he impidió a conseguir otros tipos de empleos. Sabía que como empleador común no tenía muchos beneficios de ganancia, pero quedaba la experiencia a mi cuenta. Quería saber cómo se siente trabajar, más que ganar dinero. Creo ya estar listo para desempeñarme en labores de comunicación en alguna empresa. Por tanto, ya estoy en busca de prácticas- preprofesional.
Son tan pocas las anécdotas e historias que he hablado sobre mí, pero creo que resume perfectamente, hasta la actualidad, lo que he sido y soy. Sé que también habrá un futuro en el que alguien seré, pero ya llegará el momento para contárselos.

Manjares sobre cuatro ruedas.


Cuando paso por lugares como el centro de Lima, el parque de la bandera, no puedo sortear el aroma de los ricos anticuchos. Paso delante de la plancha mientras que la morocha remoja el anticucho y el humo me cubre por completo. Me detengo y no evito meter las manos al bolsillo y pedir una porción por favor. Lo mismo me sucede los días de verano o mucho sol, carretilla de cebiche que veo carretilla a la que voy a comer. Todos estos sabores y platos exclusivamente peruanos no pueden ser ignorados fácilmente. Más aún, cuando puedes acompañarlo con su buena chicha morado o naranjada de a sol con yapa.

Diversas son las combinaciones. Dos palitos solos con papa y ají; u palito y una porción de pancita; rachi y dos palitos o por qué no todo esto junto. Para mí y para los 11110 peruanos que votaron por los anticuchos estas son alguna de las razones de mi elección.

Sin embargo, otros platos como nuestro arroz chaufa, chicharrón, higado con yuca, tallarín con ceviche y chanfainita también están en la lista de los peruanos.

A partir del 4 de Setiembre iré y disfrutaré de Mistura, donde los mejores platillos del país estarán presentes. Te lo agradezco Gastón.