miércoles, 24 de noviembre de 2010

El travieso de las redes sociales


Facebook. Me gusta.

Mark zuckerberg con dotes y habilidades computacionales, hoy le ha mostrado al mundo que no hace falta ser un viejo para tener éxito mundial.

Con las manos en los bolsillos, Mark Zuckerberg, acaricia los 6, 900 millones de dólares que lo coloca como el magnate más joven del mundo. Puso los pies sobre la tierra hace 26 años en Nueva York. Hoy hace, deshace, crea, inventa cada una de las actividades de su ingenio, facebook. La noche y el aburrimiento en Harvard hacen que Zuckerberg haga de las suyas. En complicidad, con la amistad, rompe las paredes de los cuartos de la universidad y une a todos en un mismo lugar, la red social facebook.

Mark, tras algunos años desde su logro, se sienta en su escritorio recuerda aquella travesura en Harvard y a lo que lo llevó. Sin arrepentirse, decide enfrentarse a grandes compañías de correo electrónico. Con el micrófono en la mano y las multitudes escuchándolo lanza su última novedad: el correo electrónico facebook.

- “no es un servicio que asesine las ofertas ya existentes” anuncia.
Sin embargo, el héroe de todos los jóvenes les regala la simplicidad y su filosofía minimalista.
- “Es un correo hecho para nosotros”-.

Zuckerberg tiene la llave para abrir la puerta al nuevo servicio de facebook, no se apresura. Él, ansioso, más que nosotros nos tiene listo en unas horas el nuevo @facebook.com útil para cualquier dispositivo o plataforma, promete.

Su hazaña es para recordarse y por qué no compararlo con grandes inventores. Si el teléfono unió a las personas ¿qué se puede decir del facebook hoy? No se tardó mucho en aparecer en la pantalla gigante. Mientras él, vivía, dormía y estudiaba en Harvard no se imaginó que la vida loca que llevaba y sus conocimientos exacerbados en cibernética serían mostrados en el cine. Mark, en el día del estreno, dentro de la sala de cine ríe mientras que cada cuadro de la película avanza. Recuerda cada alegría y cada disgusto. Sobre todo, el polito simplón de todos los días. Mark no opina sobre la película si es buena o mala, quizá no es el adecuado para hacerlo. Sin embargo, hay muchos que la califican como exagerada o fuera de tema, pues dejan a un lado el éxito de la red para meterse en temas personales: peleas, juicios y amenazas.

Mark Zuckerberg no hizo la película, ni fue el actor principal, pero los jóvenes menores de 35 años que han visto el film se identifican con él y apoyan al Facebook. Sigue creciendo y seguirán creciendo los seguidores.

Sin felicidad en Vietnam



Cuatro amigos, designados a ir a la guerra de Vietnam, salen de trabajar de la mina. Uno de ellos decide casarse esa misma noche. Los preparativos se están haciendo, el pastel de boda está en el salón de recepción, la iglesia en perfecto estado y adornado. Sin embargo, la madre de la novia, en un intento de impedir la boda, trata de convencer al padre de que no case a su hija con el novio que se va a Vietnam. Mientras tanto el novio bebe, se emborracha y disfruta su último día en el país; la novia sufre los golpes de su padre enfermo.

De noche y con la cantina solo para ellos, irrumpen, descansan luego de beber hasta emborracharse. Sin embargo, ninguno de los cuatro amigos esperó escuchar una dulce melodía tocada por una de ellos en el piano. Sus rostros cambian. De sonrisas y gritos pasan al silencio y la meditación. Es un sonido melancólico que los hace reflexionar sobre lo que les esperará la vida en adelante. Solo observan y oyen olvidando todo lo que hacían e hicieron esa noche; dejan atrás las vulgaridades y el machismo.

Acaba de tocar el piano. Paró la melodía suave, mientras la calma se asimila irrumpen las explosiones en Vietnam. Se ven Helicópteros sobrevolando una aldea y bombardeándola. Miembros del ejército Estadounidense está entre las hierbas. Es Mike, quien despierta tras la aparición de un miembro de la armada enemiga que asesina a un grupo de sobrevivientes. Aquél lleno de rabia coge el lanzallamas y prende al vietnamita sin piedad.

Detenidos y prisioneros, los cuatro amigos, por los soldados de Vietnam del Norte. Están en jaulas bajo la custodia de los vietnamitas. Estos que como forma de diversión y apuesta juegan con la vida de los prisioneros obligándolos a jugar la ruleta rusa. Juego mortal que finalmente acaba la existencia de uno. Mientras todo ello sucede en la parte superior de la carceleta, Stevie, quien se había casado antes de ir a la guerra, entra en pánico y no soporta la tortura. Mike, amigo del trabajo, lo anima le da consuelo y tranquilidad hasta que acaba el juego de la muerte.

La apuesta continúa. Mike y Stevie esta vez se ven frente a frente para el juego. Aquel con ámplia seguridad y decisión anima a este a dispararse. Él no desea hacerlo sufre por dentro, tiene miedo no puede controlarse, pero la insistencia de los vietnamitas y los ánimos de Mike aceleran su disparo. Suelta el gatillo y sale la bala, pero apunto al techo solo rozo su cabeza. Fue echado a la fosa de castigo para que muera ahí. Mientras tanto, los dos amigos de los cuatro que eran continúan abajo e la carceleta esperando su turno, pero idean un plan el cual es usar tres balas en lugar de una arriesgarse a un primer juego y luego de ello distraerlos y atacarlos. Finalmente logran lo que planearon y asesinan a todos los vietnamitas.

Emilio Massera sufre su propia tortura


Intervino en el golpe militar junto a Videla y dirigió uno de los mayores centros de tortura del régimen


Entre las sábanas, del Hospital Naval de Buenos Aires, el anciano Emilio Eduardo Massera, El amo de las torturas en Argentina, da su último respiro. No puede evitar morir como él tampoco evitó la muerte de los que torturó. Sin embargo, muchos lloraron a sus víctimas y ahora ¿Quién es capaz de llorarle a este verdugo? Demente y loco pasó sus últimos años. Muchos piensan que se merecía más que eso.

Massera fue, entre todos los militares que protagonizaron el golpe de Estado de marzo de 1976 y el terrible "Proceso de Reorganización Nacional", el que más aspiraciones políticas alimentó. De hecho, pretendió incluso presentarse como candidato a la presidencia de la nación, recién acabada la dictadura militar. Su "carrera" y su increíble egolatría fueron cortadas de cuajo, primero por la acusación de haber tirado al mar, desde su yate oficial, al marido de una de sus amantes y luego, por la famosa causa judicial "Nunca Más" abierta por el Gobierno democrático de Raúl Alfonsín, que terminó, en 1985, con la condena a cadena perpetua de los principales responsables de la dictadura militar. El llamado "Proceso" supuso la muerte y desaparición de unos 30.000 argentinos, según los cálculos de los organismos de defensa de los derechos humanos.

Massera no pasó todos estos años en la cárcel, como ordenó aquel tribunal, sino que salió en libertad poco después, en 1990, gracias al indulto concedido por el presidente peronista Carlos Menem. En 1998 los jueces volvieron a imputarle por el delito de robo y secuestro de niños (hijos de mujeres desaparecidas tras pasar por instalaciones militares de la Armada) y en 2007, con el gobierno de Néstor Kirchner, la Corte Suprema declaró "inconstitucionales" los indultos de Menem y las leyes de Obediencia Debida y ordenó reabrir todos los casos de asesinatos ocurridos durante la dictadura. Para entonces, sin embargo, Massera ya estaba lo suficientemente enfermo y loco como para ser declarado "incapaz".

El marino que legó a la Historia de la infamia las siglas de la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada) como sinónimo de horror, obtuvo el grado de almirante de manos de Juan Domingo Perón en 1974, con 49 años de edad, quizás el más joven de la Historia argentina. De buena presencia, muy mujeriego (lo que no impedía su imagen de católico fervoroso ni sus excelentes relaciones con la jerarquía de la Iglesia) Massera acababa de cumplir 51 años cuando, junto con el general Jorge Rafael Videla, y el jefe de la Fuerza Aérea, Orlando Ramón Agosti, formó el primer triunvirato militar que dio el golpe de Estado y derribó el ya tambaleante Gobierno de Isabel Perón. Los tres oficiales decidieron repartirse el poder por tercios, una para cada arma, y se lanzaron a una represión feroz, primero contra los "subversivos", integrantes de los Montoneros y otros grupos armados de izquierda; "después contra los cómplices; luego, contra sus simpatizantes; y, por último, contra los indiferentes y a los tibios", según explicó otro almirante de su misma ralea, Alfredo Oscar Saint-Jean.

Según palabras del periodista Horacio Verbitsky, que dirige hoy el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el almirante Massera se caracterizó por "su impostación operística, su debilidad por las actrices más jóvenes y por las metáforas más arcaicas, bíblicas, dentro de lo posible". Fue el menos gris de los integrantes de las Juntas militares, pero no porque fuera más brillante o inteligente o menos cruel, sino porque disfrutaba con su papel público y exhibía encantado su poder. Conspiró contra sus compañeros militares, pero no para limitar la sangrienta locura en la que se habían implicado, sino para reclamar mayor parte del botín y de la "gloria".

Es difícil describir las torturas, vejaciones y horrores que se cometieron en los centros clandestinos de detención que controló el almirante Emilio Massera. El informe elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), que creó el presidente Alfonsín y que presidió el escritor Ernesto Sábato, recogió detalladamente la manera sistemática, organizada y disciplinada en la que se torturó y asesinó. La causa por los secuestros, quebrantos y asesinatos cometidos en el amplio grupo de edificios de la ESMA, a la salida de Buenos Aires, se está llevando a cabo actualmente en el Tribunal Federal número cinco, con 19 imputados. El tribunal tomó declaración precisamente ayer al cardenal Jorge Bergoglio, en relación con la desaparición de dos sacerdotes, "chupados" por un grupo de operaciones de la Armada.

Los Asesinos


Por Ernest Hemingway


La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.
-¿Entonces por qué carajo lo pones en la carta?
-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.
George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.
-Son las cinco.
-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.
-Adelanta veinte minutos.
-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?
-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.
-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.
-Esa es la cena.
-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?
-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...
-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al.

Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

-Dame tocineta con huevos -dijo el otro.

Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.
-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.
-Dije si tienes algo para tomar.
-Sólo lo que nombré.
-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?
-Summit.
-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.
-No -le contestó éste.
-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.
-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.
-Así es -dijo George.
-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.
-Seguro.
-Así que eres un chico vivo, ¿no?
-Seguro -respondió George.
-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?
-Se quedó mudo -dijo Al.

Giró hacia Nick y le preguntó:

-¿Cómo te llamas?
-Adams.
-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?
-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.
-¿No te acuerdas?
-Jamón con huevos.
-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos.

Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.

-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.
-Nada.
-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.
-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.
George se rió.
-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?
-Está bien -dijo George.
-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.
-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.
-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.
-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.
-¿Por? -preguntó Nick.
-Porque sí.
-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.
-¿Qué se proponen? -preguntó George.
-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?
-El negro.
-¿El negro? ¿Cómo el negro?
-El negro que cocina.
-Dile que venga.
-¿Qué se proponen?
-Dile que venga.
-¿Dónde se creen que están?
-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?
-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.
-¿Qué le van a hacer?
-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

-Sam, ven un minutito.
El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.
-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?
-¿De qué se trata todo esto?
-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.
-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.
-¿De qué crees que se trata?
-No sé.
-¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

-No lo diría.
-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.
-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?
-Sí.
-Viene a comer todas las noches, ¿no?
-A veces.
-A las seis en punto, ¿no?
-Si viene.
-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?
-De vez en cuando.
-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.
-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

George miró el reloj.

-Si viene alguien, dile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?
-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?
-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?
-Sam salió -dijo George-. Volverá alrededor de una hora y media.
-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.
-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.
-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.
En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

-Vamos, Al -insistió Max.
-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?
-No va a haber problemas con ellos.
-¿Estás seguro?
-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.
-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.
-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?
-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.
-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.
-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme.
Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.
-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.
-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.
-¿A Ole Andreson?
-Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

-¿Ya se fueron? -preguntó.
-Sí -respondió George-, ya se fueron.
-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.
-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.
-Está bien.
-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.
-Si no quieres no vayas -dijo George.
-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.
-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.
-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.
-Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

-¿Está Ole Andreson?
-¿Quieres verlo?
-Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

-¿Quién es?
-Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson -respondió la mujer.
-Soy Nick Adams.
-Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

-¿Qué pasa? -preguntó.
-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.
-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.
-Le voy a decir cómo eran.
-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.
-No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

-¿No quiere que vaya a la policía?
-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.
-¿No hay nada que yo pueda hacer?
-No. No hay nada que hacer.
-Tal vez no lo dijeron en serio.
-No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.
-¿No podría escapar de la ciudad?
-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

-Ya no hay nada que hacer.
-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?
-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.
-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.
-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.


Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.

-¿Viste a Ole?
-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.
-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.
-¿Qué va a hacer?
-Nada.
-Lo van a matar.
-Supongo que sí.
-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.
-Supongo -dijo Nick.
-Es terrible.
-Horrible -dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.

-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.
-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.
-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.
-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.

Lima: La ilusa.



Don Castañeda Lossio tras cada paso que da en el arenoso suelo del que será nuestro nuevo Museo Metropolitano de Lima conversa con la prensa. ¿El tema? Ya es obvio a menos de 15 días de nuestras elecciones municipales, nuestro alcalde da cátedra de cómo debe ser una verdadera contienda electoral y no ese juego sucio que los candidatos de hoy planifican para engatusar a la población y derrumbar a los otros postulantes del poder.

Con la cámara en los ojos y los micrófonos por doquier Castañeda, astutamente, lanza sus enganches electorales para que toda Lima lo escuche: “dejamos una economía saneada, limpia, transparente, que nos lleva a Lima a ser una ciudad más solidaria” Sin embargo, Castañeda prometió nuestro ansiado metropolitano para un 2008. ¿Lo cumplió? Sin duda con dos años de retraso sin solucionar aún el tráfico de Lima.

Nuestro buen alcalde pone los pies en su carro, pero antes de entrar completamente repite a viva voz, a la prensa, “ojala que en un momento podamos sustraer de este asunto de la guerra sucia y vender menos ilusiones y más realidades”.

¿Qué no comió?


Dentro del auto presidencial su gran olfato y apetito le anunciaban un feliz desayuno. Al llegar, nuestro presidente de la república, a la inauguración de Mistura no sorteó los aromas que flotaban en el aire. Sus palabras de apertura se aceleraron, se hicieron cortas y suspendió otras reuniones durante la mañana. Ni la prensa, ni Gastón, ni los propios dueños de stand evitaron que devorara todo lo que a él se le antojaba. Es el presidente ¿Quién le puede negar algo?

Con la mirada puesta en los stands y el estómago gruñendo arrancó con los tragos exóticos. El emoliente, la chicha de jora y el pisco fueron sus primeras presas. Con el pan con chicharrón en mano dijo: “JAJA recuerdo mi época de juventud” Nadie sabrá si eso fue realidad o si solo es parte de una excusa para comer sin que nadie le diga nada, conocemos su buena labia. No paró, pues también se comió otros tipos de chicharrón, al palo, calamar y de seguro algunos otros más.

Su voraz hambre seguía avanzando y mientras caminaba, los dueños de stand en la zona de Munaypan seguro que sudaban frío. Los panes fue donde dio su segundo mordisco. Se sintió en esa región y mientras mayor era la variedad mejor su felicidad.

Final de fotografía



La ciudad de Lima en espera de una alcaldesa.



Las dos contendoras a la alcaldía de Lima: Susana Villarán y Lourdes Flores no aguantan más. Desean y anhelan que sean las cuatro de la tarde. Ambas, ansiosas, con las manos sudando y caminando por toda la habitación, con un televisor encendido, van planeando las palabras que dirán, según los resultados que se den, para sus más fieles seguidores. Con cada minuto que avanza, suben la mirada; observan la hora en el reloj, ven a la pantalla y piensan arduamente.

La Euforia Villarán

Susana, entre sus pensamientos, es interrumpida escucha que empieza el conteo regresivo para los porcentajes de boca de urna. Se proclama a esta como ganadora virtual con calma y serenidad de la periodista; sin embargo, la candidata Villarán explota en emoción y da el grito de la alegría al cielo. Los cuartos del Hotel Bolívar se remecen a tal magnitud que los turistas salen de sus dormitorios consternados y confusos. Todos en un cuarto, sobre la cama, en los sillones y parados cual si fuera un bacanal celebran a gritos de emoción, ese sentimiento único como si Perú le ganara a Brasil, en el último minuto, para clasificarnos al mundial. Susana se levanta pisa la cama, sin importarle nada, mientras que una de sus regidoras le grita “Salta, salta, salta, salta; vamos te lo mereces” y entre todos cantan a viva voz “Fuerza Social, Fuerza Social, Fuerza Social”


La fe del PPC

Desde la Av. Alfonso Ugarte, siendo las cuatro de la tarde, el furor no es mucho. Doña Lourdes y Don Javier Bedoya saben bien que han realizado un buen trabajo. Ambos conversan en privado; buscan las palabras adecuadas para la prensa y el pueblo limeño. Con cada hora que pasa y los porcentajes que se reducen la señora Flores no da la cara. Sin embargo, los seguidores del partido la aclaman a gritos desde el cuartel del PPC. “Lourdes hemos acortado las distancias de las encuestas de las últimas semanas, hemos dado un paso gigante. Saldré yo a anunciar esta noticia y el éxito del partido en los distritos” Javier Bedoya anima a la candidata con sus palabras para que ella no se sienta perdedora y luche hasta el último conteo. Las cámaras de televisión y los micrófonos de las radios esperan a que la señora Flores salga. Ya casi es la hora en que anunció que declararía. Resuenan los aplausos y se ve a una candidata con el rostro lleno de seguridad junto a sus asesores. “Lourdes, Lourdes, Lourdes, Lourdes…” no dejan de alzar voz los seguidores. Con una sonrisa mas alargada que la habitual, lanza la premisa de toda su declaración: “Es que entre las cuatro de la tarde y este momento las distancia se van acortando”, “de modo tal que en la recta final no dudamos que vamos a ganar”.

Sueñan con el sillón municipal

Las señoras aspirantes a la municipalidad de Lima no ven mayores cambios en sus televisores. Susana se muerde las uñas tras cada décima que gana Lourdes y esta se agarra la cara tras cada décima que la aleja de aquella. Mientras van a la cama a descansar para esperar los resultados del día siguiente hacen un último suspiro y saben que solo una de ellas dormirá por última vez como candidata.

Un nuevo golpe


Mario Vargas Llosa, de lo más furioso, camina por su casa de París golpeando las paredes. Tenía ganas de desfogarse por las últimas semanas difíciles. Sin embargo, pensó que quizá en lugar de desquitarse era mejor desestresarse. No vaciló y llevó a su señora al cine. A la entrada, mientras caminaban a sus asientos, ambos conversaban sobre la película escogida. Cuando Mario se preparaba para sentarse escucha un caluroso saludo que lleva su nombre. ¡Mario!. Él levanta la mirada, la fija y olvida que está en el cine para ubicarse en un ring de box. García Marquez quien había pronunciado ese saludo espera a su amigo con los abrazos abiertos esperando un fuerte apretón de cuerpos. Sin embargo, lo primero que sintió fue un duro puñetazo en el ojo izquierdo y el calor de su sangre fluyendo por su cara.

García, a los dos días, va en busca de un retratista para dejar en claro lo salvaje e intratable que es Mario Vargas Llosa. Dio permiso para que se publicasen.

La instantánea fue tomada el 14 de febrero de 1976 en la casa del fotógrafo en la colonia Nápoles de México, dos días después de que García Márquez recibiera un puñetazo del escritor peruano, según el relato de Moya.
El fotógrafo recuerda que al verle preguntó a García Márquez qué había pasado y que este se mostró "evasivo" y "atribuyó la agresión a las diferencias (con Vargas Llosa), que ya eran insalvables en la medida que el autor peruano se sumaba a ritmo acelerado al pensamiento de derecha".

García Márquez le pidió que se quedase con las fotos y le enviara copias. "Las guardé 30 años, y ahora que él cumple 80, y son ya 40 de la primera edición de Cien años de soledad, considero correcta la publicación de este comentario sobre el terrorífico encuentro entre dos grandes escritores, uno de izquierda, y otro de contundentes derechazos", concluye Rodrigo Moya.

El diario mexicano La Jornada publicó el día del 80 cumpleaños de Gabo, dos fotografías del premio Nobel de Literatura con el ojo izquierdo amoratado. El fotógrafo, además, relata las circunstancias de la instantánea en un artículo titulado La terrífica historia de un ojo morado.

Treinta años después de ese episodio, la edición especial de Cien años de soledad, editada por Alfaguara y la RAE, verá la luz con un prólogo que escribió Vargas Llosa en 1971. Algunos interpretan que dicho prefacio supone una reconciliación entre ambos literatos.

Líos conyugales en el origen de la pelea

Las desavenencias entre Mario Vargas Llosa y su segunda esposa, su prima, Patricia Llosa, tuvieron la culpa del enfrentamiento. Según Rodrigo Moya, "mientras ambas parejas vivían en París, los García Márquez habían tratado de mediar en los disturbios conyugales" del autor peruano y su mujer "acogiendo" las confidencias de aquél. Cuando los Vargas Llosa se reconciliaron él supo que sus secretos se habían revelado y se sintió "gravemente ofendido".

Han pasado 34 años del incidente. Ninguno de los dos se dirige la palabra. Quizá Mario Vargas Llosa durante todo ese tiempo fue visto como un salvaje, envidioso y simplón. Sin embargo, ahora que ha obtenido el Nobel, García Márquez tendrá que cambiar su manera de pensar y superar este otro duro golpe recibido, indirectamente, por él .

'La escritura es una venganza...un desquite de la vida'




Esta es la historia de dos décadas, las que van desde el fracaso de su carrera política en Perú al éxito del Premio Nobel. Es la historia de un hombre que se sintió 'abandonado' por su pueblo, al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura. Es la historia de cómo un fracaso lo convirtió en otro hombre. La escritura fue su desquite de la vida. Su venganza. Y es la historia de cómo Mario Vargas Llosa y sus hijos desnudan desde su residencia en Nueva York sus sentimientos durante las 48 horas que siguieron a la conquista del máximo galardón de las letras mundiales.

Los suecos de la Academia, que parecía que nunca iban a aceptar que Vargas Llosa es uno de los grandes escritores del mundo, finalmente le concedieron el Nobel y además fueron muy explícitos sobre las razones del merecimiento: porque ha sido capaz de contar la cartografía (eso dijeron, cartografía) del poder para mostrar sus miserias y también para expresar la lucha, la revuelta, del hombre por la libertad.
A Vargas Llosa le divirtió mucho la palabra cartografía, pero le emocionó verdaderamente el resto de los argumentos. Comentó, ante un grupo de amigos a los que reunió en un bullicioso restaurante italiano de Nueva York: "¡Qué dirán mis críticos!". Enmudecerán. "¡Qué va! Quien está mudo soy yo".
No está mudo, claro que no; se despertó de aquellos catorce minutos de incertidumbre. Creyó que era una broma, como la que le gastaron hace años a Alberto Moravia, pero catorce minutos después le llegó la confirmación: era Premio Nobel de Literatura de 2010. Su hija Morgana, de 36 años, fotógrafa, lo vivió llorando en Lima, con sus dos hijas y con su esposo, Stefan; su hijo Gonzalo, de 43 años, diplomático, funcionario internacional destinado ahora por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Santo Domingo, lo vivió viajando a Haití, y Álvaro, el periodista, de 44 años, escuchó la noticia "estupefacto, paralizado, y luego feliz" en la casa de Washington donde vive con su mujer, Susana, y sus tres hijos.
El día en que ganó el Nobel de Literatura alguien le llevó a Mario Vargas Llosa a Nueva York unos dulces de Arequipa (Perú), guargüeros. Estaba feliz, era un premio para el Nobel. Los guargüeros son como unos pestiños rellenos; tienen la apariencia de algunas pastas italianas, y saben a dulce de leche. En ese sabor está su infancia, Arequipa entera.
En ese ambiente blanquecino del apartamento alquilado en uno de los edificios más altos de Columbus Circus (Nueva York), el autor de El pez en el agua parecía, en efecto, un pez en el agua. En el paraíso. Como en la infancia, mimado, agasajado. La infancia acabó cuando tenía 11 años y el padre (al que creía muerto) regresó a su vida. Muchos años después, esos dulces y el Nobel le llevan al paraíso que perdió cuando iba a atravesar la raya de la adolescencia. Ahora esos dulcecitos, que son como los que su abuela le hacía, le llevan a la ya tan lejana infancia.
O no tan lejana. El Nobel, de 74 años, tiene aquellos años incrustados en la memoria como el tiempo en que se hizo a casi todo. Ahí descubrió el amor absorbente por la madre, asimiló que no tenía padre, que este estaba en el cielo o que nunca existió, y descubrió la literatura en los libros que circulaban por la casa grande de la familia enorme con la que se crió.
Así que aquí, en esta familia, todo se vive como un espectáculo tranquilo, pero bullicioso y coral. Y el Nobel iba a ser un terremoto que a todos les afectó de un modo distinto, pero que conmovió por igual a todos. Hablábamos de los nietos. Gonzalo cuenta que, cuando se supo que el abuelo había ganado el principal premio de las letras mundiales, su hija Ariadna, que tiene diez años, le expresó por teléfono su preocupación infantil. Como él, que tenía peores notas que Álvaro en la escuela, Ariadna no obtiene los mejores resultados, y el premio del abuelo la tenía inquieta. Le dijo al padre: "O sea que, como al abuelo le han dado ese premio, a lo mejor ahora los maestros me piden que saque mejores notas".
A Leandro, el hijo mayor de Álvaro, que tiene ahora 14 años, le preguntaron en la escuela si su abuelo era alguien especial. Y se escondió detrás del flequillo como quien quiere huir de un alud. "No, no es nadie especial", farfulló. Tímida como ese sobrino suyo, Morgana, que ha sido compañera nuestra en EL PAÍS, y que ha acompañado a su padre en algunas de las aventuras más arriesgadas (Irak, Israel, Palestina) o placenteras (los escenarios de El paraíso en la otra esquina) tuvo que superar su retraimiento público cuando sonó la noticia y ella era la única representante familiar que podía hacer declaraciones en Lima.
Para curarse de su timidez, la hija más chica de los Vargas se tuvo que tomar tres copas de champán, y sin palabras todavía hizo que todos los periodistas que se agolpaban ante la vivienda familiar limeña pasaran a brindar y a conversar en esa casa de paredes blancas desde la que se ve el mar violento de la costa que acaricia Barranco. La fiesta adquirió tal carácter que la abuela Olga, madre de Patricia, tía de Mario, de 93 años, abandonó su postración y su desgana ante el mundo, se vistió de nuevo, se puso un pañuelo vistoso en su cuello de persona mayor y empezó a hacer declaraciones ante todas las cámaras de todos los noticiarios.
Se animó tanto con la noticia y con la aglomeración que no solo lloró cada vez que se acordaba del éxito de su yerno el Nobel sino que se atrevió a decir que sí, que ella, como Carmen Balcells (su agente literaria), como Fernando de Szyslo, el artista, quizá el más antiguo amigo de Mario, como tantos otros que han estado siempre cerca, iría también a Estocolmo. Cómo no.
Le preguntó un periodista a doña Olga, a la que también llaman Olguita:
-¿Y ya tiene usted traje?
-Tenía. Pero hemos esperado tanto tiempo que ya está apolillado y tendré que comprarme otro.
Han pasado veinte años. "Es curioso", decía Álvaro, y también lo decía el propio interesado, Mario Vargas Llosa, "mucha gente está de acuerdo en decir que han pasado veinte años desde que mi padre merecía tener el Nobel. Veinte años". Quizá, concedió el hijo mayor, fue porque entonces Mario tuvo su gran derrota política, y a partir de entonces ya fue solo un escritor. Su obra hasta entonces, sin duda, merecía ya el galardón, comentamos nosotros. "Sí, pero si hubiera salido presidente", añadió Álvaro Vargas Llosa, "mi padre jamás hubiera obtenido el Nobel".
O sea que es cierto que le vino Dios a ver cuando se produjo esa derrota. Sí, esa es la opinión de Morgana. Y es la opinión de toda la familia, que por otra parte estuvo implicadísima en esa campaña electoral que tanto placer como dolor produjo en los Vargas, e incluso en Mario, que a veces parece inmune a la naturaleza de los desastres.
Pero esa vez, cuando perdió las elecciones ante un candidato, Alberto Fujimori, que luego subvirtió el orden democrático, ensangrentó el país, robó, etcétera, Vargas Llosa cayó presa de un decaimiento del que fuimos testigos. Llegó a París, poco después del fracaso; había adelgazado cerca de veinte kilos, su delgadez era la delgadez de los derrotados. Su hijo Álvaro, que hizo la campaña muy estrechamente ligado a él, recuerda ese momento como un instante de estupor. Vargas Llosa, el ahora Nobel, podía irse a un lado o al otro de la balanza; su equilibrio, sin embargo, le ayudó a superar el primer lunar verdaderamente serio de su trayectoria. Lo del padre (que le metiera en un colegio militar, que considerara "mariconerías" su pasión por la escritura, su carácter dictatorial) ya estaba deglutido en la memoria. Pero esto era nuevo; perder así, recuerda Álvaro, fue una tragedia.
Como siempre, como ante el desdén del padre, que era un desdén del destino, a Mario Vargas Llosa, dice su hijo, "lo salvó la literatura". En campaña leía "a Quevedo y a Góngora, cada mañana", y así salía a dar mítines, "a prometer un Perú mejor para los ciudadanos". Cuando perdió, "se consideró traicionado por un pueblo al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura", y ese desengaño lo maltrató. Hasta que se levantó otra vez, dice Álvaro. "Creo que la escritura de ese libro, El pez en el agua, lo salvó. Él solía guardar sus experiencias algún tiempo, como en La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La casa verde; las deglutía, y luego están presentes ahí, muchos de los viajes y de las experiencias de sus historias son sus propios viajes o experiencias".
Pero esta vez, concede Álvaro, "mi padre decidió tirar por el camino del medio y escribir esas memorias, una parte la memoria política, otra parte la memoria de la infancia. Dos historias, dos momentos de gran felicidad y luego de gran fracaso. Se atrevió". Salió hecho "otro hombre". El padre dice lo mismo. Sentado en uno de sus restaurantes favoritos de Nueva York, donde no hay guargüeros pero hay hamburguesas, Mario Vargas Llosa recuerda esa frustración que, veinte años después, ya no ensombrece su rostro, ahora el rostro feliz de un Nobel reciente.
"Trabajé mucho", dice Mario, "por un proyecto que creía bueno. Y la derrota fue una gran decepción". Pero volvió a lo suyo, "a lo que me estimula más". Escribió El pez en el agua: "Porque quería quitarme la experiencia de encima". "Un escritor tiene la ventaja de que puede convertir un fracaso en materia literaria, y eso lo alivia. La escritura es una venganza, un desquite de la vida".
Volvió, pues, "a la rutina habitual", y ya agarró un ritmo imparable. En estos veinte años, los que van del fracaso al éxito (los dos impostores de los que hablaba Rudyard Kipling, Nobel también, en su poema If), ha escrito novelas alegres, novelas tristes, ha hecho ensayos literarios y políticos, ha hecho periodismo, viajes, ha dado conferencias, se ha metido en líos monumentales (como cuando enfadó a Octavio Paz, su amigo, llamando al México del PRI una dictadura perfecta), ha arrostrado el lugar común de su conservadurismo (que repiten sobre todo los que, como en la famosa anécdota, han hecho con sus libros lo que Sofía Mazagatos: no los leen pero los juzgan), y, en definitiva, ha vivido los altibajos de cualquier existencia "con el entusiasmo y la alegría del que sabe que la vida merece ser vivida".
Para hacer todo eso ha sido preciso "mantenerse en forma, cuidarse, viajar, a Palestina, a Irak, a Afganistán, ha sido preciso ir al Congo, al Amazonas, al Pacífico en busca de Gauguin. La verdad es que no he parado. Y no pienso parar", dice Mario Vargas Llosa, "mientras tenga ilusión y curiosidad y me funcione la cabeza, que de momento creo que me sigue funcionando. La vejez no me aterroriza mientras pueda seguir desplazándome. Me acerco a la muerte sin pensar en ella, sin temerla. Mientras trabajo me siento invulnerable".
Ha cambiado. Mucho. Morgana nunca hubiera creído que aquel obseso por el trabajo sería un día tan buen cuidador de sus nietos, con los que juega y por los que se desvive hasta el límite de las payasadas que contentan a los muchachos. Es ahora más alegre, cree Álvaro, y Gonzalo piensa que algo que siempre ha tenido en cuenta, en su relación con los hijos, y ahora con los hijos de los hijos, "es la experiencia con su padre; jamás ha querido ser el hombre autoritario que él mismo tuvo encima en su adolescencia". Esa experiencia, que el propio Mario confiesa dolorosa, "fue una influencia estimulante para que mi padre nos tratara con enorme tacto", según Álvaro.
Gonzalo recuerda algunos episodios que pueden ilustrar la evolución de esa relación paterno filial. Cuando este joven servidor de la ONU para ayudar a los refugiados era un chiquillo de 16 años resolvió hacerse rastafari; se dejó los pelos hasta los hombros, se dedicó a fumar marihuana y a escuchar reggae, y durante dos años desoyó insistentemente los avisos de su padre para que abandonara esa deriva. Gonzalo era un rebelde; ahora él recuerda que su padre tenía sobre él dos miradas: la del padre y la del escritor: "Y eso convertía su actitud hacia conmigo en una actitud algo cómplice". Hasta que escribió su célebre artículo Mi hijo el rastafari en el que aventó al mundo, con humor y con condescendencia, lo que, además de un drama familiar, dice Gonzalo: "Era también un asunto para su periodismo y para su literatura". Gonzalo ve ahora ese episodio casi como lo vio su padre: "Pero entonces yo sentía la necesidad de rebelarme, como mi padre hizo muchas veces con su propio padre, y yo creo que por eso él entonces me entendió".
Y cuenta algo más Gonzalo que revela esa relación que la vida ha endulzado hasta extremos que el propio Mario confiesa divertido: de aquel padre que los metía a leer obligatoriamente a la salida de la escuela, "cuando todos nuestros amigos jugaban al fútbol", hemos pasado a un padre y a un abuelo que se viste de Papá Noel y es capaz de cargar a los niños para que estos hagan lo que quieran con él. Pero aquella dictadura leve del padre que los hacía leer obligatoriamente "nos dejó una disciplina". "Yo mismo", dice Gonzalo, "vuelvo a esa experiencia de leer todos los días como una de las influencias más valiosas en mi relación con él".
Han cambiado los tiempos; aquel 1990 de la derrota dejó paso a este otro momento de la vida. Pero algo de rencor, algún ajuste de cuentas quedará en los resquicios, le pregunté en ese restaurante típicamente norteamericano donde se comía una hamburguesa típica, a mediodía. ¿No siente como la expresión de una venganza propia el hecho de que Fujimori esté en la cárcel?
No, qué va. "Fujimori no me derrotó, fue una mayoría de los electores peruanos. Yo nunca le ataqué mientras mantuvo la democracia, pero, obviamente, él rompió las reglas del sistema gracias al cual había llegado al poder, y por los delitos que cometió cumple ahora pena. Pero jamás tuve la tentación de desearle un final así. Ni está en mi carácter el ajuste de cuentas. Pero me alegro mucho del juicio justo".
En este tiempo, en estos veinte años que cruzan la vida desde el fracaso al triunfo, ha escrito novelas en las que el sexo se alterna con la aventura, y otras, como La fiesta del Chivo o esta última, El sueño del celta, en las que se aventura por los caminos de la maldad, y aunque él interviene ahí como el contador, el narrador que explora el camino para presentar la historia como si usara un espejo, sí es evidente que quiere trasladar el compromiso moral que hay detrás de toda su obra de esta naturaleza. "La descripción de la maldad", dice, "obliga a una toma de conciencia moral. Si no detenemos a tiempo la capacidad de destrucción del ser humano, el resultado es el horror; ha ocurrido en el pasado, y ahora la democracia frena ese horror. Es un tema obsesivo para mí en los últimos años. Y es un tema recurrente; está en Congo, en esta última novela, está en la Amazonía, en La guerra del fin del mundo, está en la locura terrorista en Lituma, y está, sin duda, en esas dos novelas que dices. Pero también está en mi periodismo; mira lo que he hecho en Irak, en Palestina, en Afganistán".
El infierno en cada esquina. ¿Y el paraíso? ¿Ha reencontrado Mario el paraíso? El autor de El paraíso en la otra esquina, la novela en la que Gauguin se revuelve como una pesadilla a veces gozosa, es consciente de que aquel paraíso en el que era mimado, querido, consentido por toda la familia, "hasta que llegó el padre", no volverá jamás. "No está ese paraíso en la vida real". Pero haberlo perdido "tampoco debió ser una tragedia". "Gracias a eso", continúa, "gracias a que mi padre me metió en un colegio militar, gracias a que me impidió a veces con saña ser un escritor, tuve una experiencia que me dio la oportunidad de escribir con un gran material literario. Si eso no hubiera ocurrido, probablemente yo no hubiera sido un escritor. Y sí, escribir es un placer, te permite salir de cualquier circunstancia terrible, te lleva a defenderte de cualquier adversidad. En ese sentido escribir es mi paraíso".

Y el paraíso es la familia. Le pregunté a Morgana Vargas Llosa qué significado tiene en el padre la figura de Patricia, la madre. "Es la compañera inseparable sin la cual mi padre no sería nada". Dice Morgana que su padre no sabe el número de teléfono de la casa, no sabe ni siquiera su dirección, es incapaz de cambiar una bombilla, desconoce por completo cómo se pone en marcha una lavadora y jamás ha frito un huevo. Pero esta mañana, le digo, su padre me ha explicado, en contra de la opinión de su madre, que el apartamento en el que viven ahora en Nueva York lo paga él y no la universidad. Un detalle de que está atento, ¿no, Morgana? "Qué va. Fíate de mi madre. En eso también ella tendrá razón".
Poco después cacé al vuelo lo que Mario le decía a unos periodistas franceses: "No me sé mi mail, jamás agarro un teléfono que esté sonando, no sé usar los teléfonos celulares. Y solo me acuerdo del primer número que tuvimos cuando nos casamos, hace 45 años. El 46 40 60".
Cómo no introducir en esta retahíla de visiones familiares del Nobel Vargas a Carmen Balcells, la mamá grande de varias generaciones de autores, y muy especialmente la mamá grande de Mario. Una vez Carmen Balcells lo levantó de la silla de sus trabajos forzados en Londres y lo puso a escribir. Lo sentó, por así decirlo, en el paraíso. Ese paraíso tuvo una interrupción que pudo haber sido eterna, cuando la política lo sedujo demasiado. De ese fracaso se levantó hecho otro hombre. Los hijos piensan que ese trozo de paraíso en el que ahora habita con el trofeo del Nobel de Literatura no hubiera sido posible si Patricia no hubiera estado ahí, haciendo que los sueños del escritor se convirtieran en la letra insistente que ahora le premian en Suecia.
El sábado posterior a la concesión del Nobel, Vargas le dijo a su agente, Carmen Balcells, en la radio peruana: "¡Cómo pudiste seducir a los veinte jurados de la Academia Sueca!". Con el mismo humor, la mamá grande de los autores del boom (García Márquez, Donoso, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar) exclamó: "¡Tengo mis recursos!".
Los dos saben que no es cierto. La llave de este paraíso la tiene el genio, que Carmen supo vislumbrar y que Patricia ha cuidado como se cuida un hijo, un nieto, un marido o un sueño. Como cuidaba la abuela la receta de los guargüeros, el inolvidable sabor del paraíso.

Con mucho cariño para Gustave Flaubert



Gustave Flaubert, es la inspiración de Vargas Llosa y el mejor ensayo escrito por él. . Le dedica una sus publicaciones enteras denominada “La orgía perpetua” Es evidente, que muchos han escrito sobre esta gran novela. Sin embargo, nadie lo ha logrado con la cadencia con la que Mario Vargas Llosa nos regala en su prosa. El libro articula una reflexión central sobre el porqué de la escritura de ficciones y el origen de la vocación literaria en las “decepciones radicales de la vida, experiencias que, al enemistarlo con la realidad, le despertaron esa vocación de crear realidades imaginarias” El aprecio a ella radica en que es la fundadora de la novela moderna.

Mario Vargas Llosa un nobel con poder


Si hay algo que es una realidad en el mundo es que muy pocos pueden jactarse de tener una carrera en la literatura que haya durado y en ningún momento se haya frustrado o cambiado por cualquier otro motivo. Hace algunos años, según confesiones de Mario Vargas Llosa, prometió dejar la literatura por la presidencia de un país en crisis. Quizá pudo haber sido el mayor error de su carrera y de su vida.

Es evidente, que el destino le jugó a favor a Mario Vargas Llosa. Deseaba más un premio Nobel que la presidencia de un país, muchos lo pueden asegurar y hasta el mismo. La literatura y ser escritor era su mayor deseo; la política y ser presidente eran parte de su hobby.

Acabo de ver a Vargas Llosa entrar al Instituto Cervantes, acabo de verlo pasar con una cara que no es la de siempre, es decir la de los medios, la del hombre rígido que parece cansado de circular tantas veces por las mismas verdades. Algo se ha alivianado en el rostro del escritor. Veo paz, cierta liberación, como si de pronto se hubiera sacado de la espalda una mochila de treinta kilos y ahora se sorprendiera de la facilidad con la que mueve los hombros.

Es que a Vargas Llosa no le pesa el Nobel, nunca le pesará. Lo que le pesaba era no tenerlo, pasar años sin conseguirlo, jugar la ruleta absurda que nunca que llega a detonar. Le pesaba, sí, aunque él no dijera que le pesaba, aunque su respuesta a las sucesivas frustraciones fue siempre un puntual recogimiento de hombros, sin palabras. Vargas Llosa no es un hombre al que le guste quejarse. Pero no hace falta. Sus resentimientos, que los ha tenido, siempre se notaron a leguas. De frente y de perfil.

Pero hoy no había lugar para nada de eso. Su gesto era una aceptación tácita que era este el juguete que necesitaba para sosegarse. Hoy tenía humor, hoy era un hombre que se permitía la ironía, la ironía de la que sus grandiosas novelas carecen. “Recibí la noticia a las cinco y de la mañana. Me habló por teléfono un señor cuya voz no entendía muy bien. Pero cuando escuché “swedish academy”, me dije: ajá, aquí hay que parar la oreja”, contó y todo el público se rió con él. El público, por supuesto, era una ensalada total. Esto es Nueva York, el Cervantes está a solo tres cuadras de las Naciones Unidas y nunca faltan los que preguntan sobre el conflicto en Palestina, sobre el futuro de América Latina, sobre la esclavitud en China. Es decir, nunca faltan los que le hacen a Vargas Llosa preguntas del tipo “premio Nobel”. Conciencia del mundo. Reserva moral del planeta. Y eso que lleva menos de un día.

—¿La literatura no les interesa, no? —se queja Patricia, la esposa, en la primera fila y en voz baja.

Lanza de preguntas.
Pero en la conferencia también hay peruanos. Esos sí son peligrosos. A esos hay que tenerlos a raya. Como mi amigo Sandro Mairata, que se inmoló haciéndole la pregunta que nadie más se iba a atrever a hacer (pero que todos hubiesen querido). “¿Qué tiene que decir sobre García Márquez?” Durante la mañana, habían circulado rumores sobre supuestas palabras de García Marquez, su eterno rival literario. “Cuentas iguales”, habría dicho el colombiano en su Twitter (ya que estamos entre escritores, sería bueno hacer aquí una nota al pie sobre la inverosimilitud de la imagen de Gabo twitteando). ¿Qué tiene que decir sobre Gabo? Hubo un silencio en la sala. “No estamos aquí para hablar de eso. Pero debo decir que me enteré de sus palabras cariñosas y las agradezco”. Punto, siguiente pregunta. Hoy día, todos los fantasmas de Vargas Llosa están bajo control. Pero eso no quiere decir que haya que invitar a Gabo a la fiesta. Tampoco tampoco.

El otro día, en la radio, una especialista en hacer identikits para el FBI contaba cómo la memoria es antojadiza es sus fijaciones. “Es muy probable —le decía al entrevistador— que tú recuerdes muy bien dónde estabas cuando murió la princesa Diana de Gales con lujo de detalles, que incluso recuerdes cómo vestías”. Pues bien, creo que por muchos años recordaremos qué hacíamos este día, cómo nos enteramos, qué bebíamos, qué oíamos en las calles. Qué escenografía nos cobijaba. A mí, me tocó la puerta un amigo colombiano que vive en el piso de arriba, en mi casa de Brooklyn. Abrí. En una mano tenía el New Yorker, que tuvo la amabilidad de recoger para mí. Con la otra mano hizo un intento de abrazo: “Felicidades”. Ambos teníamos sayonaras y pijamas. Ambos estábamos despeinados y teníamos ojeras. Ambos habíamos pasado la noche escribiendo.

Mi primera reacción fue preguntarme por qué me felicitaba. ¿Era algo de lo cual felicitarse? Luego me dije a mí mismo en voz alta. “Tenemos un Nobel de literatura. ¡Un Nobel!”. Entendí que estaba viviendo algo parecido al entusiasmo. Mi amigo colombiano me dijo que en breve el escritor iba a estar en el Cervantes. Nos cambiamos rápido y salimos corriendo. Hacía sol en Nueva York, la línea verde estaba repleta. La sala del Cevantes, también. Vargas Llosa apareció liviano, en traje gris, y dijo: “Este no es solo un triunfo mío, es un triunfo de la lengua castellana y un reconocimiento de la importancia de la literatura Latinoamericana”.

Entonces empecé a entender por qué este día era también importante para mí, para todos los que tratamos de encontrar en la escritura una forma de resistencia. Porque ver a Vargas Llosa ahí sentado es entender también que la única lucha que importa es la que empieza con la primera página en blanco y termina con miles de tachaduras. Me vi adolescente sintiendo piedad por el periodista miope, fascinación por la Barbuda, terror por el perro que mochó a Pichulita Cuéllar, compasión por Varguitas, respeto por el Jaguar. Vi una cabina de radio y un chiquillo que embellecía noticias. Vi a la brasileña. Vi todo eso y recordé un viejo chiste: el del escritor latinoamericano que se despierta a las once de la mañana y se hace una pregunta culposa: ”Qué tarde. ¿Cuántas páginas habrá escrito ya Mario Vargas Llosa?”

La conferencia siguió con su inevitable dosis de política, pero en un punto llegamos al Perú. Porque siempre hay que hablar sobre el Perú, porque ya pasaron esas feas épocas en que el escritor no contestaba a ningún periodista peruano. “¿Qué tiene que decir sobre el Perú?”. Vargas Llosa, sonriente, sacó la capucha que mejor le queda, la de Flaubert.
—El Perú soy yo.

Este premio le ha traído más felicidades. La publicación de su último libro “El sueño del Celta” ha roto ventas en España y Colombia. En su país, Perú, la situación va igual; a medida que las entrevistas, reportajes y noticias sobre Vargas Llosa aparecen en los medios sus seguidores aumentan. Ironías de la vida, Fujimori aquel que prefirieron por los años 90 vive el peor de los castigos para el hombre y Vargas Llosa disfruta de un premio merecido. Los papeles se invirtieron.

Un viejo loco



Era el verano de 1987, Jauregui trabajaba en el Comercio y no había conseguido cubrir noticia alguna con la que pueda ser recordado hasta ese momento.
Mientras Eloy Jauregui leía su periódico de todos los días a la misma hora de siempre lo interrumpió su colega. ¡Hey! Eloy. El Larco herrera no solo está en huelga, los locos se están muriendo compadre. Esta noticia hizo que aquel periodista doble rápidamente su diario y pregunte indignado por más información. “Este es mi momento” se afirmó así mismo. En cuanto salió de las oficinas del diario fue en busca del ministro de Salud para conseguir autorización.

-Don Armando Montes, quiero hacer un reportaje en el Larco Herrera.
-Jajaja, ¿estas loco acaso? Ahí solo van médicos, no periodistas.Ubicate un poquito Eloy.
-¿Sabe usted que están muriendo algunos loquitos?
-Bah! Qué interesa, un loco menos es mejor para el país. Un niño más tendrá alimento.

El periodista, con la cara más seria que de costumbre, se retiro sin agradecerle ni la atención prestada al ministro. En casa, mientras descansa, se aferra al reportaje y decide hacerlo sí o sí. Se levanta de su ruidosa cama y va donde su esposa.

-Mujer, lo he decidido, mañana me voy al Larco Herrera. Prepárame mi peor ropa: la más sucia, arrugada y rota.
-Pero… amor la llevas puesta.

A la mañana siguiente, muy temprano, Eloy, cual persona enferma, toca las puertas del Larco Herrera buscando entrar como sea. Lo increpa un oficial, ya no existían ni médicos ni enfermeros. Todos estaban en la huelga.

-¿A qué vienes aca?
-Quiero internarme.
-¿Qué es lo que tienes?
-Quiero matar a mi padre…
-¿Qué te ha hecho?
-Nada, es aprista.

Entro en el territorio anhelado, se moviliza con cuidado y va en busca el pabellón 7 el de “los malditos” ahí un señor de edad media le pregunta:

-A ver joven, ¿Dónde le duele?
-Siento dolores que van del estómago a la cabeza.
-Aya ya veo… muy bien no necesito saber más. Tu diagnóstico: te quedas de por vida
-¿Por qué?
-Porque
-Porque los únicos que salen, primero, les duele la cabeza y después, el estómago.

No pasaron ni tres días y Eloy moría por ir a su casa. Fue en busca de un enfermero para contarle la verdad.

-Quiero irme ya a mi casa.
-No vas a salir de acá, ya te lo he dicho.
-Usted no entiende esto es una acción adrede que tomé para hacer una crónica. Soy profesor de la Universidad de Lima y periodista del Comercio. Acaso ¿no me reconoce?
-En lo más mínimo y váyase a su cuarto.

Seis días más tarde, El viejo Eloy mientras fuma y bebe planea escapar por sus propios medios. Esa noche no durmió más sobre esa cama de fierros torcidos. Eran las 5 am, todos dormidos menos los pocos amigos que Eloy pudo hacer. Lo ayudan a trepar una de las paredes del Manicomio. Da un brinco y de pronto ya estaba en la vereda. Corre por toda la avenida hasta ver que el micro que lo deja más próximo a su casa pasa por ahí. Sin embargo, mientras corría escuchaba a viva voz.

- Sálvanos, sálvanos Eloy, que Eloy es hoy.
- Sálvanos, sálvanos Eloy, que Eloy es hoy.

Testimonial de puro sentimiento



Las maneras de cómo aprendí a dominar un balón de fútbol se remonta a los 90’s. Los juguetes de niño no me parecía lo más divertido, pues resaltaba un brillo sobre mi primera pelota que difuminaba la existencia de los otros objetos plásticos infantiles, casi insignificantes para mí. Con mi camiseta, qué importa de qué equipo lo que prevalece es la pasión, salía por las tardes de verano del 94 a dar los primeros pasos en el fútbol; el arco mi portón y ¿el arquero? dependía de mi imaginación. Con los días conocí a los amigos peloteros que hasta el día de hoy conservo.
Pero, más que solo tener amigos fueron el complemento ideal para formar mi primer equipo de fútbol. Los primeros chimpunes, canilleras y camisetas. Todos los veranos, durante nueve años, era un campeonato nuevo. Recuerdo aquella invasión en el paseo del bosque en San Borja, siempre íbamos para allá a retarlos y jugábamos entre árboles y serenazgos que como todo mal árbitro terminaba el juego expulsándonos. Hasta el día de hoy tengo a los mismos amigos, muchos de ellos ya retirados del fútbol, pero yo sigo constante y la familia me apoya.
Si no fuera por mi familia ¿Qué sería de mí? No estudiaría en la universidad, ni siquiera hubiera ido al colegio, en fin hubiera dejado de hacer tantas cosas que hasta hoy he hecho. En fin, somos la llamada familia nuclear. Así es, mi padre nunca nos abandonó, ni se fue con otra mujer y ambos aún siguen vivos, a pesar de ser treintañieros mis hermanos, viven conmigo y mis padres. Creo que seré el primero en partir de casa y hacer mi propia vida.
“Navidad sin Jesús” es el recuerdo de la primera obra en la que actué, pues también es otra de mis habilidades el teatro. Nunca lo supe hasta que me lo dijeron. Quizá fue muy apresurado ser el papel principal, tuve vara tengo que admitirlo, pero tener que aprenderme textos enormes, prácticamente monólogos era un reto. No, ya no era un niño tenía 17 años y había nacido un nuevo gusto. Lamentablemente no pude perfeccionar esa habilidad, así que seguiré siendo actor de quinta.
Cachimbos el musical ha sido la última muestra de arte que he expresado en la Universidad de Lima. Satisfecho por lo logrado, más satisfecho me siento con esta alma mater. Me quita tiempo, me estresa muchos días y odio venir en las mañanas; sin embargo es justo y necesario, pues comunicación es lo que escogí y comunicador es como me graduaré. La especialidad lo tuve claro desde el primer día que pise la universidad: periodista quiero ser; sin embargo complementaré ese deseo con otra especialidad que aún no he decidido.
Hasta hoy no he trabajado de manera profesional, sin embargo, eso no me he impidió a conseguir otros tipos de empleos. Sabía que como empleador común no tenía muchos beneficios de ganancia, pero quedaba la experiencia a mi cuenta. Quería saber cómo se siente trabajar, más que ganar dinero. Creo ya estar listo para desempeñarme en labores de comunicación en alguna empresa. Por tanto, ya estoy en busca de prácticas- preprofesional.
Son tan pocas las anécdotas e historias que he hablado sobre mí, pero creo que resume perfectamente, hasta la actualidad, lo que he sido y soy. Sé que también habrá un futuro en el que alguien seré, pero ya llegará el momento para contárselos.

Manjares sobre cuatro ruedas.


Cuando paso por lugares como el centro de Lima, el parque de la bandera, no puedo sortear el aroma de los ricos anticuchos. Paso delante de la plancha mientras que la morocha remoja el anticucho y el humo me cubre por completo. Me detengo y no evito meter las manos al bolsillo y pedir una porción por favor. Lo mismo me sucede los días de verano o mucho sol, carretilla de cebiche que veo carretilla a la que voy a comer. Todos estos sabores y platos exclusivamente peruanos no pueden ser ignorados fácilmente. Más aún, cuando puedes acompañarlo con su buena chicha morado o naranjada de a sol con yapa.

Diversas son las combinaciones. Dos palitos solos con papa y ají; u palito y una porción de pancita; rachi y dos palitos o por qué no todo esto junto. Para mí y para los 11110 peruanos que votaron por los anticuchos estas son alguna de las razones de mi elección.

Sin embargo, otros platos como nuestro arroz chaufa, chicharrón, higado con yuca, tallarín con ceviche y chanfainita también están en la lista de los peruanos.

A partir del 4 de Setiembre iré y disfrutaré de Mistura, donde los mejores platillos del país estarán presentes. Te lo agradezco Gastón.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Casados, pero separados


Abimael Guzmán Reynoso y Elena Iparraguirre ambos ya cansados, arrugados, nerviosos pero enamorados se dan el sí después de 18 años de amor sin poder ser expresado. Sin embargo, tras asesinar y destruir matrimonios en los 80’s decidieron formar la suya. En 15 minutos de su vida cumplen la ilusión de casarse, a pesar de saber que no vivirán juntos hasta el último día de sus vidas.
Aquella mañana en la Base Naval del Callao los familiares más cercanos los acompañaron, junto a Autoridades Máximas de la Marina de Guerra del Perú, como testigos, y sobre todo el señor Rubén Rodríguez Rabanal, presidente del INPE, quien permitió el matrimonio y anunció la mala nueva al país.
Solo tuvieron tiempo para darse un beso, conversar con la visita y tomar una copa ¿Muchos los criticarán? Es un hecho y no debía faltar aquél que se opusiera y no fuese invitado, el Ministro de Defensa Rafael Rey Rey no se quedó callado y dijo: “a pesar de la ilusión de la pareja por formalizar su relación, Guzmán también debería pensar en la cantidad de corazones rotos que originó con sus matanzas y genocidio”.

Paga lo que debes Berenson


Mientras Lori Berenson atendía asuntos consulares en la embajada de Estados Unidos, según ella, y no pedía asilo político recibió la llamada del que es su esposo y abogado a la vez, quien le dijo: Lori… escúchame te está buscando la policía para llevarte a la sede de la policía judicial, han decidió encarcelarte de nuevo, lo mejor que puedes hacer es entregarte, no te niegues ni resistas que todo va a salir bien. La bebe no resistió y rompió en llanto, pues regresaban a la oscura celda del penal.
Berenson lucía bella en su época de emerretista, al ser capturada pocos comprendieron a la joven revolucionaria. Estuvo al mandó de asesinatos y tenía que pagar condena por ello. 20 años en los que 14 los vivió en la cárcel envejeciendose. La belleza casi despareció y quiere su libertad.
¿Pero por qué de regreso? Muchos pensarán que estaba a punto de fugarse y la detuvieron. Esa no es la verdad, pues hay quienes dicen, como el ex ministro de Justicia Pastor, que Berenson estaba pasando piola, que ni siquiera alcanzó las 3 cuartas partes de su condenada y ya estaba afuera. No, no hay manera de que a los 14 años de condena por terrorismo alguien pueda salir libre, menos si fue condenada a 20 años de prisión. Los jueces se equivocan. Paga lo que debes Berenson.

domingo, 22 de agosto de 2010

Final de Película


Las creaciones de Armando Robles Godoy son la esencia de lo que ha sido el Perú en el que vivió, sus costumbres y sus pobladores. Cineasta y escritor con estilo, primero en ser reconocido como el mejor en un país escaso de cineastas. Ha hecho del Perú un territorio excelente como escenario filmo gráfico, donde todo lo que quiso lo hizo. Hasta la muerte de la cual no tenía miedo fue participe, pues que mejor protagonista que él para su última escena.

Con las películas de Robles Godoy se abre el primer intento claro de un cine que bien puede ser considerado como de vanguardia, con respecto a los grandes movimientos nacionales que se sucedían en diversas partes del mundo en ese entonces. Muchos años después, se puede ver con algo más claridad lo que rodeó a esas obras, de carácter enigmático y barroco. A veces afortunadas, otras no.
Damos un sucinto repaso por ellas, con excepción de su ópera prima, difícil de encontrar actualmente.
En la selva no hay estrellas (1967): Robles Godoy opta por convertir uno de sus cuentos en el material de su segundo largometraje y el resultado, visto sobre todo en la versión restaurada que circula desde hace unos años, revela a un director interesante. En la selva no hay estrellas es la película más cercana a la estructura clásica que llegó a realizar el cineasta. Más que ser una curiosidad, se trata de una prometedora película.

La muralla verde (1970): Como mucha discusión, a lo largo de décadas, esta es una de las películas más interesantes que se han hecho en Perú. A partir de sus remembranzas de la época en que se mudó con su familia en calidad de colono, Robles Godoy se crea una película sembrada de sugerencias visuales y sonoras, trabaja los tiempos muertos tan caros al cine moderno, y se luce en algunas resoluciones fílmicas sorprendentes, especialmente las de la parte culminante. Pero en el pasivo, se deja ver esa tendencia por buscar el efecto poetizante, que iría deviniendo en artificio y redundancias en la medida que su cine se fue volviendo más hermético. La muralla verde es una película sentida, con auténticos logros.
Espejismo (1972): es la película más lograda del director en términos técnicos. Hecha, como el mismo lo dijo alguna vez, a todo lujo. Estamos en un pueblo iqueño del que solo quedan algunos vestigios de lo que fue una gran plantación de uvas propiedad de una familia de terratenientes, cuya realidad e historia es descubierta poco a poco por un pequeño abandonado entre esas ruinas (aunque el tema de la reforma agraria nunca es tocado como tal).

Sonata soledad (1987): Iniciada como idea de un ejercicio para el taller que desarrollaba en ese tiempo, este reencuentro de Robles con el largo después de varios años, solo se llegó a estrenar en la sala de la Filmoteca de Lima, quince años después de Espejismo. Compuesta por tres partes, que hacen las veces de pretendidas piezas musicales, Sonata soledad muestra a Robles Godoy dando incierta cuenta de los fantasmas de su vida y trayectoria, tanto en la niñez, como en sus relaciones afectivas, o en sus trances con el cine. Lo más rescatable debe ser Tempo, la primera de sus “suites”. En ella el mismo director aparece para encarar entre malcriado y resignado, su educación religiosa, de la cual obviamente reniega. Imágenes de confesionarios, castradores de sotana ya muertos, pero enterrados en ruinas, en medio de las cuales lo único que exhala vida es una fuente vertiendo agua. Metáforas visuales sobre el sexo y la armonía perdida, pero tratados con autoindulgencia.

Imposible amor (2003): El último “opus” del veterano cineasta, fue terminado en el 2000, pero su estreno se postergó tres años, para solo ser de forma restringida en el Festival de Lima. Y valgan verdades, para ser una película que se pretende testamentaria (donde Robles Godoy suma todos sus puntos de vista y obsesiones de toda la vida), es realmente infame. más aún considerando el creciente culto que se ha venido desarrollando alrededor de su figura en este nuevo siglo, y más aún con la revolución tecnológica. Pero Imposible amor no pasa de ser un tremendamente fallido ejercicio, que narra de forma circular diversos episodios relacionados de con sus ideas sobre la religión, el cine, la crítica, los artys, etc. Sin embargo, no se puede evitar hablar de este trabajo como un naufragio total, el verdadero laberinto sin salida al que se estuvo aproximando en su cinta previa.
Pero como casi todo en la obra de Robles Godoy, si algo pervive es el carácter controvertido, imprevisible, ese que de alguna forma generó una escuela, una que todavía esta por descubrirse en todas sus facetas

miércoles, 18 de agosto de 2010

Pasiones sin vacaciones


Las vacaciones siempre las tomo como el descanso que me merezco tras tanto esfuerzo universitario, si es que lo hubo y si no, aun así considero que tengo que descansar y disfrutar. Entendiendo que disfrutar para mi es realizar mi pasión, el fútbol, pues no hay fin de semana o al menos un día de la semana que lo juegue o lo practique. Sin embargo, se trunca ese gusto por un disgusto, pues a pesar de ya querer trabajar me ofrecen un trabajo que no me gusta del todo y que gracias a mi padre pierdo horas valiosas de mis vacaciones.
Entre tanto y tanto papeleo en el trabajo no pierdo la oportunidad de revisar el codiciado internet. Es parte de mi vida y de mis días es como beber agua para mí, chatear ya no me llama la atención, informarme sí. Si no fuera porque me cansa leer la pantalla no compraría ningún diario y la verdad es que solo puedo leer las noticias del comercio virtualmente por comodidad, pues físicamente no puedo, pues en lugar de informarme de muchas cosas lo único que aprendo es como acomodar un periódico para que no se te caiga de las manos. Es por esto que solo prefiero uno pequeño y con información importante y veraz como Depor.
Hay días en los que no me basta o no me alcanza simplemente el tiempo para leer las noticias, pero no es preocupación para mí, pues llego a mi casa apretó un botón y la noticia viene a mí. En reemplazo del Depor está Central deportiva en CMD y para las noticias nacionales América noticias. No obstante, si se trata de la hora del almuerzo no dejo de divertirme o de gozar, pues para ello está ponte al día con los chistosos: Guillermo Rossini, Hernán Vidaurre y Fernando Armas a la una de la tarde en Red Global.
Hasta el momento mi tiempo ocio o llamado vacaciones las condiciono al uso de las tecnologías, pero la radio no es tanto de mi gusto, ni tampoco es tanta tecnología. Quizá sea por eso que ya no me agrada mucho, pues escucho música que quiero en la computadora y el ipod. No obstante, emisoras que alguna vez he escuchado y me gustaron por uno u otra canción hacen que escoja a Viva FM como la preferida seguida por Oasis y al final como premio consuelo Planeta ¿muchos estarán de acuerdo conmigo en ese orden? Lo dudo cada quien tiene su estilo y sus gustos.
Hasta el momento muchos pensarán que mis vacaciones han sido aburridas, pero no termina ahí. También he ocupado las butacas de los locales donde el séptimo arte se muestra, a nivel mundial se estreno la película cuarta de Shrek, pero para mí no fue tan importante. El gusto y las ganas no pasaron por ver una película de la que no vi la tercera parte, sino una vez más disfrutar de la dimensión 3D. ¿Me gustan los libros? Si me gustan, muchas veces los colecciono más que leerlos, pues empiezo uno y ¿termino con ese? No comienzo con otro a las veinte páginas del primero. Sin embargo, el año pasado si tuve obligación de leer libros por cursos de la universidad sin imaginar que sería agradable e interesante, quizá ha sido una de las pocas veces en que un libro me ha tenido capturado entre sus páginas. Santiago Roncagiolo, él es conocido periodista y escritor de anécdotas terroristas tema que me fascina.
Hay varias pasiones que tengo: mi carrera, el fútbol y mi distrito, pero ¿cómo mezclar las tres en mi vida futura? Pues no es tan sencillo se necesita de mucho y más que algo que ha de cumplirse es un deseo. Sin embargo, he luchado, lucho y lucharé por conseguirlo mi carrera me fascina, lo dinámico de ella, más que cualquier otra especialidad el periodismo es de mi elección. Fútbol si con jugarlo tengo uno de los placeres más grandes, más aún sería trabajar para él como comunicador. ¿Y mi distrito? Conseguido lo anterior lo que llenaría mi deseo es seguir viviendo en el distrito de San Borja. No obstante, hay deseos más grandes y si el extranjero me exige y me pide; me entrego.