miércoles, 24 de noviembre de 2010

El travieso de las redes sociales


Facebook. Me gusta.

Mark zuckerberg con dotes y habilidades computacionales, hoy le ha mostrado al mundo que no hace falta ser un viejo para tener éxito mundial.

Con las manos en los bolsillos, Mark Zuckerberg, acaricia los 6, 900 millones de dólares que lo coloca como el magnate más joven del mundo. Puso los pies sobre la tierra hace 26 años en Nueva York. Hoy hace, deshace, crea, inventa cada una de las actividades de su ingenio, facebook. La noche y el aburrimiento en Harvard hacen que Zuckerberg haga de las suyas. En complicidad, con la amistad, rompe las paredes de los cuartos de la universidad y une a todos en un mismo lugar, la red social facebook.

Mark, tras algunos años desde su logro, se sienta en su escritorio recuerda aquella travesura en Harvard y a lo que lo llevó. Sin arrepentirse, decide enfrentarse a grandes compañías de correo electrónico. Con el micrófono en la mano y las multitudes escuchándolo lanza su última novedad: el correo electrónico facebook.

- “no es un servicio que asesine las ofertas ya existentes” anuncia.
Sin embargo, el héroe de todos los jóvenes les regala la simplicidad y su filosofía minimalista.
- “Es un correo hecho para nosotros”-.

Zuckerberg tiene la llave para abrir la puerta al nuevo servicio de facebook, no se apresura. Él, ansioso, más que nosotros nos tiene listo en unas horas el nuevo @facebook.com útil para cualquier dispositivo o plataforma, promete.

Su hazaña es para recordarse y por qué no compararlo con grandes inventores. Si el teléfono unió a las personas ¿qué se puede decir del facebook hoy? No se tardó mucho en aparecer en la pantalla gigante. Mientras él, vivía, dormía y estudiaba en Harvard no se imaginó que la vida loca que llevaba y sus conocimientos exacerbados en cibernética serían mostrados en el cine. Mark, en el día del estreno, dentro de la sala de cine ríe mientras que cada cuadro de la película avanza. Recuerda cada alegría y cada disgusto. Sobre todo, el polito simplón de todos los días. Mark no opina sobre la película si es buena o mala, quizá no es el adecuado para hacerlo. Sin embargo, hay muchos que la califican como exagerada o fuera de tema, pues dejan a un lado el éxito de la red para meterse en temas personales: peleas, juicios y amenazas.

Mark Zuckerberg no hizo la película, ni fue el actor principal, pero los jóvenes menores de 35 años que han visto el film se identifican con él y apoyan al Facebook. Sigue creciendo y seguirán creciendo los seguidores.

Sin felicidad en Vietnam



Cuatro amigos, designados a ir a la guerra de Vietnam, salen de trabajar de la mina. Uno de ellos decide casarse esa misma noche. Los preparativos se están haciendo, el pastel de boda está en el salón de recepción, la iglesia en perfecto estado y adornado. Sin embargo, la madre de la novia, en un intento de impedir la boda, trata de convencer al padre de que no case a su hija con el novio que se va a Vietnam. Mientras tanto el novio bebe, se emborracha y disfruta su último día en el país; la novia sufre los golpes de su padre enfermo.

De noche y con la cantina solo para ellos, irrumpen, descansan luego de beber hasta emborracharse. Sin embargo, ninguno de los cuatro amigos esperó escuchar una dulce melodía tocada por una de ellos en el piano. Sus rostros cambian. De sonrisas y gritos pasan al silencio y la meditación. Es un sonido melancólico que los hace reflexionar sobre lo que les esperará la vida en adelante. Solo observan y oyen olvidando todo lo que hacían e hicieron esa noche; dejan atrás las vulgaridades y el machismo.

Acaba de tocar el piano. Paró la melodía suave, mientras la calma se asimila irrumpen las explosiones en Vietnam. Se ven Helicópteros sobrevolando una aldea y bombardeándola. Miembros del ejército Estadounidense está entre las hierbas. Es Mike, quien despierta tras la aparición de un miembro de la armada enemiga que asesina a un grupo de sobrevivientes. Aquél lleno de rabia coge el lanzallamas y prende al vietnamita sin piedad.

Detenidos y prisioneros, los cuatro amigos, por los soldados de Vietnam del Norte. Están en jaulas bajo la custodia de los vietnamitas. Estos que como forma de diversión y apuesta juegan con la vida de los prisioneros obligándolos a jugar la ruleta rusa. Juego mortal que finalmente acaba la existencia de uno. Mientras todo ello sucede en la parte superior de la carceleta, Stevie, quien se había casado antes de ir a la guerra, entra en pánico y no soporta la tortura. Mike, amigo del trabajo, lo anima le da consuelo y tranquilidad hasta que acaba el juego de la muerte.

La apuesta continúa. Mike y Stevie esta vez se ven frente a frente para el juego. Aquel con ámplia seguridad y decisión anima a este a dispararse. Él no desea hacerlo sufre por dentro, tiene miedo no puede controlarse, pero la insistencia de los vietnamitas y los ánimos de Mike aceleran su disparo. Suelta el gatillo y sale la bala, pero apunto al techo solo rozo su cabeza. Fue echado a la fosa de castigo para que muera ahí. Mientras tanto, los dos amigos de los cuatro que eran continúan abajo e la carceleta esperando su turno, pero idean un plan el cual es usar tres balas en lugar de una arriesgarse a un primer juego y luego de ello distraerlos y atacarlos. Finalmente logran lo que planearon y asesinan a todos los vietnamitas.

Emilio Massera sufre su propia tortura


Intervino en el golpe militar junto a Videla y dirigió uno de los mayores centros de tortura del régimen


Entre las sábanas, del Hospital Naval de Buenos Aires, el anciano Emilio Eduardo Massera, El amo de las torturas en Argentina, da su último respiro. No puede evitar morir como él tampoco evitó la muerte de los que torturó. Sin embargo, muchos lloraron a sus víctimas y ahora ¿Quién es capaz de llorarle a este verdugo? Demente y loco pasó sus últimos años. Muchos piensan que se merecía más que eso.

Massera fue, entre todos los militares que protagonizaron el golpe de Estado de marzo de 1976 y el terrible "Proceso de Reorganización Nacional", el que más aspiraciones políticas alimentó. De hecho, pretendió incluso presentarse como candidato a la presidencia de la nación, recién acabada la dictadura militar. Su "carrera" y su increíble egolatría fueron cortadas de cuajo, primero por la acusación de haber tirado al mar, desde su yate oficial, al marido de una de sus amantes y luego, por la famosa causa judicial "Nunca Más" abierta por el Gobierno democrático de Raúl Alfonsín, que terminó, en 1985, con la condena a cadena perpetua de los principales responsables de la dictadura militar. El llamado "Proceso" supuso la muerte y desaparición de unos 30.000 argentinos, según los cálculos de los organismos de defensa de los derechos humanos.

Massera no pasó todos estos años en la cárcel, como ordenó aquel tribunal, sino que salió en libertad poco después, en 1990, gracias al indulto concedido por el presidente peronista Carlos Menem. En 1998 los jueces volvieron a imputarle por el delito de robo y secuestro de niños (hijos de mujeres desaparecidas tras pasar por instalaciones militares de la Armada) y en 2007, con el gobierno de Néstor Kirchner, la Corte Suprema declaró "inconstitucionales" los indultos de Menem y las leyes de Obediencia Debida y ordenó reabrir todos los casos de asesinatos ocurridos durante la dictadura. Para entonces, sin embargo, Massera ya estaba lo suficientemente enfermo y loco como para ser declarado "incapaz".

El marino que legó a la Historia de la infamia las siglas de la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada) como sinónimo de horror, obtuvo el grado de almirante de manos de Juan Domingo Perón en 1974, con 49 años de edad, quizás el más joven de la Historia argentina. De buena presencia, muy mujeriego (lo que no impedía su imagen de católico fervoroso ni sus excelentes relaciones con la jerarquía de la Iglesia) Massera acababa de cumplir 51 años cuando, junto con el general Jorge Rafael Videla, y el jefe de la Fuerza Aérea, Orlando Ramón Agosti, formó el primer triunvirato militar que dio el golpe de Estado y derribó el ya tambaleante Gobierno de Isabel Perón. Los tres oficiales decidieron repartirse el poder por tercios, una para cada arma, y se lanzaron a una represión feroz, primero contra los "subversivos", integrantes de los Montoneros y otros grupos armados de izquierda; "después contra los cómplices; luego, contra sus simpatizantes; y, por último, contra los indiferentes y a los tibios", según explicó otro almirante de su misma ralea, Alfredo Oscar Saint-Jean.

Según palabras del periodista Horacio Verbitsky, que dirige hoy el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el almirante Massera se caracterizó por "su impostación operística, su debilidad por las actrices más jóvenes y por las metáforas más arcaicas, bíblicas, dentro de lo posible". Fue el menos gris de los integrantes de las Juntas militares, pero no porque fuera más brillante o inteligente o menos cruel, sino porque disfrutaba con su papel público y exhibía encantado su poder. Conspiró contra sus compañeros militares, pero no para limitar la sangrienta locura en la que se habían implicado, sino para reclamar mayor parte del botín y de la "gloria".

Es difícil describir las torturas, vejaciones y horrores que se cometieron en los centros clandestinos de detención que controló el almirante Emilio Massera. El informe elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), que creó el presidente Alfonsín y que presidió el escritor Ernesto Sábato, recogió detalladamente la manera sistemática, organizada y disciplinada en la que se torturó y asesinó. La causa por los secuestros, quebrantos y asesinatos cometidos en el amplio grupo de edificios de la ESMA, a la salida de Buenos Aires, se está llevando a cabo actualmente en el Tribunal Federal número cinco, con 19 imputados. El tribunal tomó declaración precisamente ayer al cardenal Jorge Bergoglio, en relación con la desaparición de dos sacerdotes, "chupados" por un grupo de operaciones de la Armada.

Los Asesinos


Por Ernest Hemingway


La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.
-¿Entonces por qué carajo lo pones en la carta?
-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.
George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.
-Son las cinco.
-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.
-Adelanta veinte minutos.
-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?
-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.
-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.
-Esa es la cena.
-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?
-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...
-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al.

Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

-Dame tocineta con huevos -dijo el otro.

Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.
-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.
-Dije si tienes algo para tomar.
-Sólo lo que nombré.
-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?
-Summit.
-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.
-No -le contestó éste.
-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.
-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.
-Así es -dijo George.
-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.
-Seguro.
-Así que eres un chico vivo, ¿no?
-Seguro -respondió George.
-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?
-Se quedó mudo -dijo Al.

Giró hacia Nick y le preguntó:

-¿Cómo te llamas?
-Adams.
-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?
-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.
-¿No te acuerdas?
-Jamón con huevos.
-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos.

Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.

-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.
-Nada.
-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.
-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.
George se rió.
-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?
-Está bien -dijo George.
-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.
-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.
-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.
-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.
-¿Por? -preguntó Nick.
-Porque sí.
-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.
-¿Qué se proponen? -preguntó George.
-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?
-El negro.
-¿El negro? ¿Cómo el negro?
-El negro que cocina.
-Dile que venga.
-¿Qué se proponen?
-Dile que venga.
-¿Dónde se creen que están?
-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?
-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.
-¿Qué le van a hacer?
-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

-Sam, ven un minutito.
El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.
-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?
-¿De qué se trata todo esto?
-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.
-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.
-¿De qué crees que se trata?
-No sé.
-¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

-No lo diría.
-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.
-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?
-Sí.
-Viene a comer todas las noches, ¿no?
-A veces.
-A las seis en punto, ¿no?
-Si viene.
-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?
-De vez en cuando.
-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.
-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

George miró el reloj.

-Si viene alguien, dile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?
-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?
-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?
-Sam salió -dijo George-. Volverá alrededor de una hora y media.
-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.
-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.
-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.
En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

-Vamos, Al -insistió Max.
-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?
-No va a haber problemas con ellos.
-¿Estás seguro?
-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.
-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.
-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?
-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.
-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.
-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme.
Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.
-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.
-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.
-¿A Ole Andreson?
-Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

-¿Ya se fueron? -preguntó.
-Sí -respondió George-, ya se fueron.
-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.
-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.
-Está bien.
-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.
-Si no quieres no vayas -dijo George.
-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.
-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.
-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.
-Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

-¿Está Ole Andreson?
-¿Quieres verlo?
-Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

-¿Quién es?
-Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson -respondió la mujer.
-Soy Nick Adams.
-Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

-¿Qué pasa? -preguntó.
-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.
-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.
-Le voy a decir cómo eran.
-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.
-No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

-¿No quiere que vaya a la policía?
-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.
-¿No hay nada que yo pueda hacer?
-No. No hay nada que hacer.
-Tal vez no lo dijeron en serio.
-No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.
-¿No podría escapar de la ciudad?
-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

-Ya no hay nada que hacer.
-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?
-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.
-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.
-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.


Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.

-¿Viste a Ole?
-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.
-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.
-¿Qué va a hacer?
-Nada.
-Lo van a matar.
-Supongo que sí.
-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.
-Supongo -dijo Nick.
-Es terrible.
-Horrible -dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.

-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.
-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.
-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.
-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.

Lima: La ilusa.



Don Castañeda Lossio tras cada paso que da en el arenoso suelo del que será nuestro nuevo Museo Metropolitano de Lima conversa con la prensa. ¿El tema? Ya es obvio a menos de 15 días de nuestras elecciones municipales, nuestro alcalde da cátedra de cómo debe ser una verdadera contienda electoral y no ese juego sucio que los candidatos de hoy planifican para engatusar a la población y derrumbar a los otros postulantes del poder.

Con la cámara en los ojos y los micrófonos por doquier Castañeda, astutamente, lanza sus enganches electorales para que toda Lima lo escuche: “dejamos una economía saneada, limpia, transparente, que nos lleva a Lima a ser una ciudad más solidaria” Sin embargo, Castañeda prometió nuestro ansiado metropolitano para un 2008. ¿Lo cumplió? Sin duda con dos años de retraso sin solucionar aún el tráfico de Lima.

Nuestro buen alcalde pone los pies en su carro, pero antes de entrar completamente repite a viva voz, a la prensa, “ojala que en un momento podamos sustraer de este asunto de la guerra sucia y vender menos ilusiones y más realidades”.

¿Qué no comió?


Dentro del auto presidencial su gran olfato y apetito le anunciaban un feliz desayuno. Al llegar, nuestro presidente de la república, a la inauguración de Mistura no sorteó los aromas que flotaban en el aire. Sus palabras de apertura se aceleraron, se hicieron cortas y suspendió otras reuniones durante la mañana. Ni la prensa, ni Gastón, ni los propios dueños de stand evitaron que devorara todo lo que a él se le antojaba. Es el presidente ¿Quién le puede negar algo?

Con la mirada puesta en los stands y el estómago gruñendo arrancó con los tragos exóticos. El emoliente, la chicha de jora y el pisco fueron sus primeras presas. Con el pan con chicharrón en mano dijo: “JAJA recuerdo mi época de juventud” Nadie sabrá si eso fue realidad o si solo es parte de una excusa para comer sin que nadie le diga nada, conocemos su buena labia. No paró, pues también se comió otros tipos de chicharrón, al palo, calamar y de seguro algunos otros más.

Su voraz hambre seguía avanzando y mientras caminaba, los dueños de stand en la zona de Munaypan seguro que sudaban frío. Los panes fue donde dio su segundo mordisco. Se sintió en esa región y mientras mayor era la variedad mejor su felicidad.

Final de fotografía



La ciudad de Lima en espera de una alcaldesa.



Las dos contendoras a la alcaldía de Lima: Susana Villarán y Lourdes Flores no aguantan más. Desean y anhelan que sean las cuatro de la tarde. Ambas, ansiosas, con las manos sudando y caminando por toda la habitación, con un televisor encendido, van planeando las palabras que dirán, según los resultados que se den, para sus más fieles seguidores. Con cada minuto que avanza, suben la mirada; observan la hora en el reloj, ven a la pantalla y piensan arduamente.

La Euforia Villarán

Susana, entre sus pensamientos, es interrumpida escucha que empieza el conteo regresivo para los porcentajes de boca de urna. Se proclama a esta como ganadora virtual con calma y serenidad de la periodista; sin embargo, la candidata Villarán explota en emoción y da el grito de la alegría al cielo. Los cuartos del Hotel Bolívar se remecen a tal magnitud que los turistas salen de sus dormitorios consternados y confusos. Todos en un cuarto, sobre la cama, en los sillones y parados cual si fuera un bacanal celebran a gritos de emoción, ese sentimiento único como si Perú le ganara a Brasil, en el último minuto, para clasificarnos al mundial. Susana se levanta pisa la cama, sin importarle nada, mientras que una de sus regidoras le grita “Salta, salta, salta, salta; vamos te lo mereces” y entre todos cantan a viva voz “Fuerza Social, Fuerza Social, Fuerza Social”


La fe del PPC

Desde la Av. Alfonso Ugarte, siendo las cuatro de la tarde, el furor no es mucho. Doña Lourdes y Don Javier Bedoya saben bien que han realizado un buen trabajo. Ambos conversan en privado; buscan las palabras adecuadas para la prensa y el pueblo limeño. Con cada hora que pasa y los porcentajes que se reducen la señora Flores no da la cara. Sin embargo, los seguidores del partido la aclaman a gritos desde el cuartel del PPC. “Lourdes hemos acortado las distancias de las encuestas de las últimas semanas, hemos dado un paso gigante. Saldré yo a anunciar esta noticia y el éxito del partido en los distritos” Javier Bedoya anima a la candidata con sus palabras para que ella no se sienta perdedora y luche hasta el último conteo. Las cámaras de televisión y los micrófonos de las radios esperan a que la señora Flores salga. Ya casi es la hora en que anunció que declararía. Resuenan los aplausos y se ve a una candidata con el rostro lleno de seguridad junto a sus asesores. “Lourdes, Lourdes, Lourdes, Lourdes…” no dejan de alzar voz los seguidores. Con una sonrisa mas alargada que la habitual, lanza la premisa de toda su declaración: “Es que entre las cuatro de la tarde y este momento las distancia se van acortando”, “de modo tal que en la recta final no dudamos que vamos a ganar”.

Sueñan con el sillón municipal

Las señoras aspirantes a la municipalidad de Lima no ven mayores cambios en sus televisores. Susana se muerde las uñas tras cada décima que gana Lourdes y esta se agarra la cara tras cada décima que la aleja de aquella. Mientras van a la cama a descansar para esperar los resultados del día siguiente hacen un último suspiro y saben que solo una de ellas dormirá por última vez como candidata.